Las otras historias de la Cocina Económica

María Vidal Míguez
María Vidal A CORUÑA / LA VOZ

FIRMAS

Personas que en su día se beneficiaron de los recursos de la entidad no dudan en aportar ahora su granito de arena

06 abr 2012 . Actualizado a las 07:01 h.

La gratitud no tiene precio. Y eso lo sabe mejor que nadie el personal de la Cocina Económica. La entidad benéfica ayuda a cientos de personas a diario, personas con problemas o sin recursos, que en el mejor de los casos de los casos consiguen volver a su vida anterior. Y de esas personas hay muchas, pero que tengan el detalle de devolver el gesto que tuvieron con ellas no tantas. Celia es una. Hace 12 años llegó de Argentina con sus tres hijos, para asentarse en la tierra de su marido, un coruñés. Durante años las cosas fueron bien. Ella trabajaba como patronista y él en el mar. Pero cuando la crisis tumbó la economía de miles de ciudadanos, ellos también se vieron afectados y recurrieron a la Cocina Económica. Reconoce que vivieron un «año muy difícil», y por eso y porque lo pasó muy mal, ahora está dispuesta a ayudar en todo lo que necesite a la gente que frecuenta la entidad. El pasado sábado les llevó dulce de leche, una de sus especialidades como buena argentina, para que los usuarios de la Cocina Económica lo degustaran con los postres típicos del carnaval. «Si necesitan algo dentro de mis posibilidades, ya saben dónde estoy. Es la única manera en la que puedo devolver la gratitud que tuvieron conmigo», explica Celia, que en la actualidad ha retomado los estudios.

Ahora que lo peor ha pasado, es capaz de afrontar el futuro con cierto optimismo. «Mi marido está navegando, y uno de mis hijos también. Yo estoy estudiando, y tengo programado continuar mi formación con un ciclo de formación profesional si se puede», señala Celia, que no descarta lanzarse al mercado empresarial con sus postres.

Como el de Celia hay más casos. En 1992, la explosión del Mar Egeo despertó a una mujer que solía dormir en las cuevas de punta Herminia. La joven solía comer en la Cocina Económica, donde solía echar una mano en las labores de limpieza. Poco después conoció a un chico en la entidad y dejó de frecuentarla a diario. Al cabo de dos años regresó. Y lo hizo en compañía de aquel joven y del hijo de ambos.

Quiso agradecer a aquellos que la habían ayudado en sus «momentos más críticos» donando el primer sueldo que había recibido, que por aquel entonces eran unas 60.000 pesetas.

«Es el mejor extremo de la gratitud», señala el personal del centro ante estos gestos de bondad. Pero subrayan que hay mucha gente consciente de la labor que hace la Cocina Económica, por ejemplo los 3.500 socios con los que cuenta, de los que «una buena parte son gente muy humilde, y que aun así no dudan en hacer pequeñas aportaciones a la sociedad». Y es que la entidad funciona gracias a estas aportaciones, además de una subvención puntual que reciben del Ayuntamiento con la que sufragan el gasto energético de la lavandería. Porque para las personas que aportan su granito de arena, señalan desde el centro, este detalle es muy importante.

Donación de 10.000 euros

Hace unos meses, en noviembre del 2011, un señor entregó un sobre con nada más ni nada menos que 10.000 euros. No quiso que le tomaran el nombre ni nada, se limitó a decir: «Ya sé la labor que hacen ustedes».

Otro caso admirable es el de dos hermanas mayores que viven juntas. Desde hace cuatro años, cada primero de mes llaman para que alguien pase a recoger «un sobrecito», que contiene la pensión íntegra de una de ellas. Desde la junta de gobierno se han intentado poner en contacto con ellas con el fin de reconocer su gesto, pero ellas «nunca han querido ningún reconocimiento».

La historia de Naya es la de un boxeador que tenía problemas de alcoholismo, lo que agriaba con frecuencia su carácter y en ocasiones provocaba roces con otros usuarios. Sin embargo, Naya tenía buen corazón, y cuando recibía la paga siempre tenía el detalle de donar unos 20 euros a la Cocina Económica. Después desapareció, lo último que supieron de él fue que estaba ingresado en un hospital de Madrid, donde le tuvieron que amputar las dos piernas.

Como estas hay decenas de personas que hacen pequeñas donaciones, «entre ellos muchos que de pequeños utilizaron las instalaciones, pero que no te lo reconocen». Y gracias a todos ellos continúa «vivo el espíritu» de la entidad.