«Nunca agradeceré bastante el placer de haber podido dormir cogido de la mano de mi esposa hasta el final»

La Voz

GALICIA

16 ene 2011 . Actualizado a las 13:46 h.

Carlos todavía está muy dolido. Lo estará siempre, pero mejorará. Apenas hace tres meses que Ana se fue. Está todo muy reciente. Por casa andan los cuatro perros que adoptaron, echándola también de menos. Y Carlos evoca los recuerdos de aquellos días, mezclando con dulzura los sentimientos ambivalentes que venían del avance de la enfermedad y del clima de paz que reinó en su casa durante los últimos meses: «Nunca agradeceré bastante haber podido dormir cogido de la mano de mi esposa hasta el final», dice. Él, testigo de la denodada lucha contra el cáncer de Ana Kiro, que aún tiembla al recordar aquella noche que la trasladó a Santiago a 180 por hora reventando la valla del peaje, se serena cuando el relato llega a la vuelta a casa, la casa de los dos, donde recuperaron la armonía.

El relato de José no es muy distinto. Hay que sumar una tensión añadida por la desconfianza de la familia hacia el oncólogo que les dijo que no superaría los tres meses de vida. Y su esposa, trasladada a otro centro, y operada, vivió aún siete años más. Pero la última etapa fue terrible, con ingresos constantes y una calidad de vida insufrible. Hasta que volvieron definitivamente a casa y se pusieron en manos del servicio de hospitalización a domicilio: «Fue un cambio radical». La esposa de José dejó de sufrir crisis y recuperó su vida normal. Durante dos horas, recibía la medicación a través de una bolsa de suero. Mientras, leía y el resto del día hacía lo que quería.

Una gran satisfacción

Así vivió durante casi cinco meses. Hablando casi a diario con el doctor, entendiendo lo que le ocurría y poniendo en orden todas sus cosas. Hasta la víspera de su fallecimiento preguntó a su hija por una entrevista de trabajo y le dio algún consejo sobre el futuro, ya sin ella: «Aquella fue una de las satisfacciones más grandes de mi vida, haber podido estar en la agonía de mi mujer, consciente y rodeada de los que la queríamos», resume José con los ojos ya enrojecidos.

Carlos y José no se cansan de hablar de sus médicos, de los que vinieron a diario a vigilar la evolución de sus mujeres y dedicaron horas a hablar sobre la vida y la muerte, conversaciones muy especiales que entonces y ahora agradecen como si les hubieran administrado un fármaco mágico. En realidad, el principio activo se llama humanidad: «Aquí ocurrió algo distinto ?evoca Carlos?. Hubo una gran empatía entre los dos. Lo de este médico fue lo mejor que nos pudo haber pasado». Ana, aquella mujer de carácter que todo el mundo conoce, lo mantuvo hasta el final: «El último día lo dedicó a hablar con todos nosotros, a decirnos lo que teníamos que hacer. Nos pidió que estuviésemos con ella todos juntos, con los perros, hasta el final». Y así fue. «Estaba tan en paz, que bromeaba. Como no le venía el sueño, le preguntaba al doctor si no estaría caducada la medicina». Ni Carlos ni José quieren imaginar cómo hubieran sido las últimas semanas de sus esposas en un hospital. Ni tampoco cómo habrían superado el trance sin el apoyo de los médicos que los asistieron durante aquellos momentos: «En la facultad nadie te enseña cómo se comunica a un paciente que se va a morir». Es una frase que se escucha con frecuencia entre los médicos del servicio. Sin embargo, cada uno de ellos ha ido desarrollando una sensibilidad especial para acompañar al paciente en su última etapa. Y a la familia: «Es increíble que la sanidad no promocione más este servicio», reflexiona José: «Es lo mejor que tienen».

Ni Carlos ni José quieren imaginar cómo hubieran sido las últimas semanas de sus esposas en un hospital. Ni tampoco cómo habrían superado el trance sin el apoyo de los médicos que los asistieron durante aquellos momentos: «En la facultad nadie te enseña cómo se comunica a un paciente que se va a morir». Es una frase que se escucha con frecuencia entre los médicos del servicio. Sin embargo, cada uno de ellos ha ido desarrollando una sensibilidad especial para acompañar al paciente en su última etapa. Y a la familia: «Es increíble que la sanidad no promocione más este servicio», reflexiona José: «Es lo mejor que tienen».

«Estaba tan en paz que bromeaba», recuerda el viudo de Ana Kiro