Son «sisisís», estudian, trabajan y ayudan: «Gracias a alguien que vivía en la calle conocí a una de mis mejores amigas»
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
La fuerza solidaria de la generación Z la muestran Paloma e Irene. Paloma, consultora de recursos humanos, colabora con la patrulla solidaria que los viernes por la noche reparte chocolate y café por las calles de A Coruña. Irene estudia Trabajo Social, trabaja como camarera y es voluntaria de Protección Civil
26 feb 2025 . Actualizado a las 09:25 h.Aunque ha pasado más de unas vacaciones echando una mano en Marruecos, Paloma empezó a romper la burbuja de una realidad con todas las necesidades básicas cubiertas mirando al lado de casa, en su barrio, en su ciudad. Que no hay que irse lejos para ayudar lo sabe por experiencia esta chica que llevó a casa la fortuna por Navidad.
Paloma es un premio gordo de la lotería. Literal. Nació un 22 de diciembre, el de 1996, pero la suerte de su madre no fue un número ni alto ni lluvioso en millones: 3.350 gramos, los que pesó al nacer la pequeña, hoy consultora de recursos humanos con alta solidaridad.
Paloma, que piensa que hay tiempo para todo, cambió un par de veces parte del veraneo de amigos por prestar ayuda en Marruecos. «Fueron 20 días, son días que te aportan muchas cosas, pero no es lo que la gente suele entender por unas vacaciones. No hay que idealizarlo, porque no tiene nada que ver el postureo en redes con lo que es el voluntariado de verdad», afirma. De hecho, no se escabulle para poner un ejemplo: «Tú ves mis fotos de voluntariado en Marruecos y me ves por el edificio en el que estaba echando una mano y soy dos personas diferentes».
Ni es ideal ni la gente con carencias es tan feliz como se suele vender...
Desde que acabó la etapa del colegio, Paloma es una persona «altamente sensible con las personas que están en situación vulnerable». Pronto la atrajo el hecho de hacer acompañamiento a personas mayores, así como hacer cuestionarios de salud y de situación psicosocial. Y el enganche surgió en la asociación de la que a día de hoy cuenta ya ocho años de voluntaria.
Veinte años no es nada, dice el tango, pero no hay nada como los 20 años para que baile la vocación muy pegada al cuerpo de la vida. A los 20, Paloma estaba en segundo de Relaciones Laborales y Recursos Humanos. «Quizá hoy habría estudiado una carrera más orientada a la parte social, como Trabajo Social o Psicología, pero con 18 fue lo que elegí», cuenta mirando un poco atrás. Fue con 20 cuando empezó en Hogar BoanoiTe, iniciativa que apoya a personas sin recursos de A Coruña que carecen de un hogar.
Todo empezó un martes a la hora de la cena
Paloma probó el bienestar que hace sentir el ayudar. Empezó a colaborar con ese hogar gracias a la madre de una compañera del colegio; un martes fue a cenar con usuarios de esa vivienda que acogió el proyecto solidario en una vieja casa en Mesoiro y que desde el 2015 se sitúa en el antiguo Padre Rubinos, se sintió cómoda con aquella cena y los juegos de mesa, y a partir de entonces ese martes se convirtió en rutina semanal.
Cerca de casa, Paloma descubrió pronto la experiencia de tener otra familia. «En este caso, hay un trabajador social y el resto de las personas que se ocupan de que el proyecto funcione son voluntarios. Los voluntarios son jóvenes que tenían las mismas inquietudes que yo cuando lo crearon, tratan de que la situación de las personas sin hogar vaya a menos echando una mano. Este debería ser un objetivo global, pero cada grano que se aporta cuenta. ¡Desde el minuto uno te sientes como en familia además!», asegura. Los martes pasaron a ser, desde entonces, de cena y juegos de mesa en el hogar del antiguo Padre Rubinos, y los viernes, tocaba patrulla por las calles de la ciudad, «para que la conocieran más, la parte más cultural y la que les iba a hacer falta conocer para resolver trámites, y que hicieran también un poco de ejercicio».
Ella no se ha sentido nunca poco valorada ni blanco de esas críticas superfluas hacia la generación Z. Siempre ha sido valorada en casa, donde la educaron para ver el mundo más allá de sus cuatro paredes. En aquella época en que tenía aún la carrera por acabar, Paloma estudiaba, trabajaba y ayudaba, una «sisisí» feliz que tenía, y tiene aún, muy clara la relación entre el tiempo y el esfuerzo: «Cuanto menos tiempo tienes, más haces. Ayuda estar ocupada. Quien quiere hacerlo, lo hace, saca tiempo. Hay excusas razonables, pero todos podemos sacar al menos una hora a la semana».
No hay que coger un vuelo y aterrizar lejos de tu rutina habitual. «Siempre hay un vecino o un compañero al que puedes echar una mano», dice. Y sin necesidad de forzar el gesto, con cosas muy sencillas, pequeñas.
A raíz de entrar en contacto con BoanoiTe, Paloma conoció a varias personas sin hogar. Ella no había tratado previamente con nadie en esa situación, «fuera de lo que es una persona que ves a diario en la entrada del supermercado», y estaba «atada a creencias sociales, como ‘la gente vive en la calle porque quiere’. Si bajas a la realidad, te encuentras de todo, como en todas partes y en todas las familias, desde una persona a la que la vida no le ha dado mucha opción o no se ha sabido gestionar a un inmigrante con dificultades para arreglar sus papeles o encontrar recursos, y luego está la realidad que más impacta, en la que podemos estar todos. Nadie a los 20 años se imaginó viviendo en la calle...».
Y sucede. «Sí, claro, estamos mucho más cerca de lo que pensamos», afirma.
Los viernes tienen para esta voluntaria que actualmente vive en Madrid un toque especial. Es por las patrullas nocturnas en que BoanoiTe sale a las calles con termos de café y chocolate para ofrecer una bebida caliente a personas sin hogar. Ella trata de sumarse cada vez que vuelve a su Coruña.
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Una forma de vida
¿Qué aporta ayudar? «No aporta algo concreto, pero sí que te hace sentirte bien. Lo ves como una forma de vida. Yo ahora si paso delante del supermercado y veo allí a una persona todos los días, no puedo no parar a preguntarle su nombre, simplemente. ‘¿Qué tal, dónde vives, tienes habitación?’, preguntas. Tenemos muy idealizada la parte de ayudar económicamente, pero está bien ayudar a que no se sientan invisibles. Creo que invisibles es justo lo que se sienten en muchas ocasiones, y es lo que hay que cambiar».
A Paloma le han marcado de manera especial cuatro relaciones, cuatro historias surgidas a raíz de su experiencia como voluntaria. «Dos son voluntarias y a día de hoy grandes amigas mías. Y otros dos son usuarios del hogar y a día de hoy también amigos».
Una de esas amistades nació de la solidaridad en Marruecos, donde hizo acompañamiento a personas con discapacidad, a niños y charlas sobre primeros auxilios y enfermedades de transmisión sexual. «Marina y yo éramos muy distintas, en planes, en vida social, pero muy similares en valores. Tras compartir 20 días intensos y en esa situación dura, pasó a convertirse en una de mis mejores amigas».
Dos veranos ayudó en Marruecos Paloma, que también cuenta entre las amistades que le ha dado su vena solidaria a Andrea. «Con Andrea, fue curioso, porque no nos conocíamos de nada y en una ciudad como Madrid ella hizo un post en LinkedIn sobre una persona que vivía en la calle y buscaba empleo y a la que yo tenía en el radar. La publicación de Andrea en la red me llegó, y vi que tenía mal puesto el número del señor. Le escribí para decirle: ‘Tienes mal el teléfono, yo hablé con él la semana pasada. Te paso el número bueno’. Y gracias a una persona que vivía en la calle conocí a unas de mis mejores amigas de Madrid —relata—. Un día una le invitaba a cenar, otro yo le llevaba un edredón. Y así surgieron tres años de amistad».
Otras dos amistades que cuentan aparte para esta coruñesa son las que hizo con dos usuarios del hogar en el que colabora. Uno es un chico cubano de mediana edad con el que se cayó «tan-tan bien» que incluso llegó a viajar a La Habana con la familia para conocer a la del chico. Otro de sus grandes amigos es un señor coruñés «que roza los 70 años y es como un tío». Se hacen regalos por los cumpleaños y siempre se tienen «presentes». «Y yo creo que podría contar con cualquier voluntario de los que conozco para cualquier cosa, ante cualquier apuro, sin duda».
¿Te ha llevado la calidad de estas vivencias y de las relaciones tejidas en torno a ellas a hacer pasar unos filtros o un examen a las amistades? «Es que hay que hacer un poco el encaje. Por suerte, yo tengo un círculo de amistades muy fuerte y sé quién sí y quién no. Te hace ver quién para cada cosa. No todos los amigos sirven para todo», despeja. Y tampoco pasa nada... «Hay amigos más para la fiesta, que a todos nos gusta, ¡y está genial! Y amigos que te valen para ir un mes de voluntariado al otro lado del mundo, y genial. No hay problema, son amistades complementarias», valora.
Un premio gordo
Paloma trabajó dos años en recursos humanos, en selección de perfiles de personas con discapacidad y personas en riesgo de exclusión social. A veces, matiza, el trabajo coincide con esa faceta social que define uno de sus grandes hobbies, ayudar. Otras veces no coincide, y «no pasa nada, hay que aprender a encajar».
No hay que olvidar el inicio de El gran Gatsby, que venía a ser algo como «siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú», pero qué es de la oportunidad si se la deja escapar... Ella no pierde el tren.
«Nací el día que nací, ¡lo que me hace afortunada! Creo que he tenido siempre las oportunidades de mi mano y que las he sabido coger», manifiesta. «Yo me he criado en una buena ciudad, en una familia trabajadora, no digo ‘buena familia’ [se ríe], que con trabajo, sacrificio y algo de suerte nos hemos ido construyendo», cierra esta historia esta joven que aumenta fortuna en amistades y horizontes, viendo otras realidades, borrando prejuicios y echando una mano a personas vulnerables pero con los mismos deseos y necesidades allí donde otros dan la espalda. Esto es ser un premio gordo de Navidad...
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Irene, 23 años: ´Lo primero son los estudios´, pero quería saber lo que cuesta trabajar a la vez»
Irene divide sus 23 años entre la carrera de Trabajo Social y el ciclo de Producción Audiovisual, su empleo en una cafetería y la colaboración desinteresada en Protección Civil y la asociación Aspas de Santiago
Sus 23 años se dividen entre el estudio, el trabajo y la ayuda en dos asociaciones de voluntariado que le han permitido estar en grandes eventos y conocer de primera mano esa realidad que no suele mostrar la cara en la Universidad. Pero por más que divida su tiempo, a Irene le gusta sumar. Irene es «sisisí». Sí estudia, sí trabaja, sí saca tiempo para ayudar a los demás.
Para ella, las mañanas de los fines de semana son para trabajar. Durante la semana, sus mañanas son para estudiar y las tardes, para colaborar en casa y para hacer voluntariado.
Es de Cacheiras, de Teo, municipio que figura en el mapa de la crónica más negra de España por el crimen de Asunta. A Irene el caso le tocó de cerca emocional y literalmente, porque el hallazgo tuvo lugar solo a unos metros de su casa. «En 23 años que tengo nunca he pasado por la pista forestal donde encontraron a Asunta. Y está a un minuto en coche. Fue muy duro», recuerda.
Irene estudia el ciclo de Producción Audiovisual, está acabando la carrera de Trabajo Social y es voluntaria de Protección Civil de Santiago y de la asociación Aspas (Asociación de Padres de Personas con Discapacidad Intelectual).
«Lo primero fue la carrera. El voluntariado vino después, y me permitió ver de cerca el oficio de muchas trabajadoras sociales. Eso me sirvió para la carrera», para dar desde el principio un sentido práctico a la teoría. Su vocación no va en párvulos, tiene años. Desde pequeña, Irene siente el pellizco de ayudar a otras personas. «Si se hacía algún tipo de recolecta de alimentos, a mí me gustaba estar ahí. Por eso pensé que Trabajo Social era una carrera para la que podía valer», cuenta.
Entrar a formar su vocación en la Universidade de Santiago fue «satisfactorio», no dio al traste con sus expectativas. En la USC hizo Irene sus dos primeros años de carrera y al tercer curso decidió continuar por la UNED, en parte por la flexibilidad que le ofrecía, «a un ritmo más lento», la universidad a distancia para organizarse mejor con su trabajo y el voluntariado.
Irene acabará su carrera, según lo previsto, el año que viene. Sí estudia y sí trabaja en una cafetería del centro comercial de Compostela As Cancelas. Antes de su empleo actual, Irene estuvo empleada en otra cafetería en Milladoiro. El hecho de que Trabajo Social sea una carrera adscrita a la USC, lo que se traduce en el abono de una cantidad mensual «de unos 200 euros», la impulsó a buscar enseguida un empleo: «Pensé que ponerme a trabajar me iba a venir bien para poder pagarme ese extra. Con la matrícula me ayudan mis padres, pero yo intenté poner todo lo que podía».
«Llegar de trabajar y ponerte a estudiar a veces se te hace duro, pero quería probar esa experiencia, y al final me ha servido para sacarme valor. Después, cuando consigues las cosas te sientes más orgullosa...»
Además de por una cuestión práctica, Irene quería conocer en primera persona lo que era estudiar y trabajar al mismo tiempo, «para saber lo que cuesta». «Si trabajas cinco horas por la mañana, a lo mejor lo que te apetece al llegar a tu casa es ponerte a descansar. Llegar y ponerte a estudiar a veces se te hace duro, pero quería probar esa experiencia, y al final me ha servido para darme valor. Después, cuando consigues las cosas te sientes más orgullosa», asegura esta defensora del esfuerzo.
El «todo hecho» a la larga ayuda menos que el «me busco la vida». Que la vida cuesta ganarla es una idea fija en la cabeza de esta joven, que pronto entendió la independencia como una carrera que uno hace en solitario, aunque se arrope de buenas compañías y manos tendidas. «Mis padres me dijeron siempre: ‘Lo primero son los estudios, hay que tener prioridades’, pero después veían que probar esta experiencia de compaginar las dos cosas iba a estar bien. Y así fue», sonríe esta hija de padres trabajadores, madre documentalista en TVE y padre comercial.
«De cada cosa sacas un aprendizaje nuevo. Si no hubiera sido voluntaria de Protección Civil, no habría podido vivir muchas experiencias que han sido importantes para mí»
LA EXPERIENCIA MÁS FUERTE
Su parte solidaria se activó del todo «cuando terminó la pandemia». Hacia febrero del 2021, recuerda que quería colaborar ayudando desde la Cruz Roja, «pero en aquel momento no aceptaban voluntarios» y ella se puso a investigar otras opciones. Y le salió Protección Civil en Santiago. «Yo iba a estudiar a la biblioteca de la Cidade da Cultura y en aquel momento había vacunaciones. Allí veía todos los días a gente de Protección Civil y me llamaba la atención. Dije: ‘Voy a probar’... Mandé el formulario y quedé encantada. Fue todo muy profesional», valora quien explica a continuación que recibió como respuesta un correo en el que la invitaban a conocer las instalaciones del cuerpo y la informaban del curso de preparación al que debía asistir para poder empezar a colaborar. «A medida que vas, vas haciendo amigos dentro de la agrupación y te acabas sintiendo como en casa. Así empecé yo y así lo siento», comparte.
Irene ha estado ya en numerosos eventos. «De cada cosa sacas un aprendizaje nuevo. Si no hubiera sido voluntaria de Protección Civil, no habría podido vivir muchas experiencias que han sido importantes para mí. Poder ir al Circo del Sol fue una de ellas. Una de las cosas que más me llenaban era hacer reparto de alimentos a personas y familias en situación de vulnerabilidad, y era aquí donde encontraba yo la conexión con lo que vi en las trabajadoras sociales. Llena mucho ver cómo la gente agradece lo que das», dice.
De las familias vulnerables a las que conoció recuerda «esa gratitud» con la que te reciben. «Me acuerdo que fuimos a un piso donde vivían unos niños pequeños, que en cuanto nos recibieron avisaron contentísimos a su madre de que llegaba la comida. Ver que hay una necesidad en esa familia que tú puedes ayudar a cubrir o a aliviar es muy gratificante. Lo sientes un regalo para ti», asegura. Pero quizá lo que más ha impactado a esta curranta en cuatro años de actividad solidaria fue desplazarse a Valencia tras la dana.
¿Fue aquel el peor escenario al que te enfrentaste en tu vida? «Fue de las experiencias más fuertes que viví... —matiza—. Lo ves en la tele, en las redes, pero llegas allí y es diferente. Lo primero que visitamos fue Paiporta y en cuanto llegamos una señora se lanzó a abrazar a mi compañera. El poder hablar con la gente, estar allí, fue fuerte. Ves la vida de otra manera».
En momentos de flaqueza se sacan fuerzas «priorizando». Irene era parte de un equipo que repartía por las calles de la zona castigada por la dana agua y alimentos de primera necesidad. «Si vas con esa misión, priorizas el dar a la gente un mensaje de esperanza y mantenerte fuerte para que vean que la hay. En el momento de darles ese alimento es importante estar fuerte. Y si necesitas desahogarte lo haces después, en un momento en el que estés sola», indica Irene, que dice que la situación te va pidiendo la actitud. Ver en vivo lo que pasa, «escuchar cómo te lo cuenta la gente», te despierta «empatía». Irene no olvida, entre otras personas, al señor que por la riada perdió un taller de artesanía que era su vida entera. «Te llevas el recuerdo de esas personas, de historias que te hacen reflexionar y sentirte afortunada», afirma. ¿Cómo saca tiempo para todo una «sisisí»? «¡No lo sé! Supongo que organizando... Sé que tengo estas horas para trabajar y estas para estudiar o para esto otro. La clave es hacer el esquema y planificar bien... A veces tienes que sacrificar un poquito, pierdes un plan que te apetece, pero con el tiempo vas aprendiendo a gestionarlo», explica Irene, que en la parte de la renuncia cuenta «algún plan con amigas». «En los conciertos del Monte do Gozo o los fuegos del Apóstol sacrificas el no ir con amigos por ir a ayudar». ¿Compensa? «Muchas veces sí, la mayoría, pero siempre tienes que reservar un poco de tiempo para ti, para salir a cenar algún día con tu pareja o disfrutar con amigas», concluye esta «pluriempleada» de 23 años que se lleva la matrícula de honor en solidaridad.
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Lorena es médica y viaja todos los años como voluntaria a Senegal: «No hay que irse a África. Existe una Coruña profunda que no imaginas...»
«La que gana yendo a África soy yo, pero no hay que irse a África... Existe una Coruña profunda que no te imaginas», subraya esta médica y lectora militante que cuenta con decenas de miles de seguidores en la red
Con África ocurre como con los mejores libros, piensa Lorena Bembibre, mamá, médica de urgencias y lectora emocionante y militante que no deja de ganar seguidores para las causas de leer y hacer mundo desde las ventanas abiertas de la red. «A África, como a un buen libro, es difícil no volver», dice. Lorena es Lo en las Nubes en internet, pero su vocación pisa el suelo de dos realidades del mundo diferentes. Las urgencias en Senegal no son las de aquí. A su ventana en Instagram, a la que cada vez se asoma más gente, atraen su experiencia sanitaria, la belleza y la dureza del voluntariado en África, y todos esos libros de medicina que recomienda, que pueden causar reflexiones incómodas, pero que en su mayoría ayudan a curar los excesos del vivir siempre en un mundo propio, de la visión siempre unilateral.
Lorena sí trabaja, sí extiende recetas literarias en la web, sí viaja al menos una vez al año para ayudar con una oenegé. «Yo tenía claro que quería ir, en algún momento de mi vida, a ejercer como médica fuera de aquí. Lo tenía claro desde antes de ser médica incluso», cuenta. Un día, cuando sus hijos podían tener «unos 7 y 9 años», se encontró a una amiga y colega por la calle. «Se lo comenté y me dijo: ‘Conozco este proyecto. Habla con ellos, porque son fenomenales´». Y Lorena descubrió que el fundador de esa oenegé, Ecodesarrollo Gaia, era el padre de un «superamigo» suyo. «Hablé con su hijo y 15 días después estaba en Senegal. Así, sin mucho pensar», dice.
Quiso el azar que en ese momento, finales del 2016, la asociación estuviera en plena organización de su viaje: «Fue una concatenación de casualidades».
Desde entonces, este viaje es anual para Lorena, con la excepción de dos años robados por las restricciones del covid. Siete años ha sumado como voluntaria desde el primer vuelo a una realidad «superimpactante». «Empecé como ‘soldado raso´, digamos, y ahora soy la responsable del proyecto. Te vas quedando, te vas implicando. Al ser un proyecto de voluntariado, la gente va y viene, en función de sus vidas, de su momento laboral... Yo estaba en un momento estable que me permitía ir todos los años y asumir ahora la responsabilidad del proyecto», dice.
Hoy se encarga de la organización y de la selección de la gente. No lo ve un currazo, pero sí tiene algo claro y es que «la clave del éxito es encontrar al equipo». ¿Difícil? «Es difícil encontrar un equipo con el que tengas la sensación de que va a funcionar, gente con expectativas realistas». Como gran aliado, el «boca a boca, que siempre funciona bien, gente que ha colaborado y se lo cuenta a otra; así funcionamos». Pero hay que dejar claro «lo que te vas a encontrar cuando llegues allí, ajustar las expectativas para que no te desmorones al llegar». ¿Cómo se pasa este casting? «Lo importante es tener claro que lo más importante no eres tú. El protagonista de esta historia no eres tú», recalca Lorena.
La sombra ilusoria del influencer solidario es alargada. «Claro, y es uno de mis miedos como compartidora de contenido en redes. De hecho, cada vez comparto menos de eso, porque no quiero que nadie se confunda. Es muy fácil ir a hacerse la foto, es muy tentador. El que más recibe eres tú, que vas a reajustar un poco este mundo desequilibrado. La relación no es de poder, no vas tú desde el Norte con tu blanquitud a decirle al resto del mundo cómo funcionan las cosas. No. Vas con humildad a dar algo de tu capacidad profesional o de ayuda para intentar paliar un poco la injusticia», explica.
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SIN SUPERHÉROES
¿No hay salvadores en esta historia? «La mayoría de las veces no puedes salvar. Este proyecto, de atención sanitaria primaria, va más de ver que al otro lado del mundo hay gente que sabe cuáles son sus problemas, que tienen una parte de responsabilidad nuestra y que reconocemos de alguna manera que estamos allí para certificar que es así y para que no sea tan así...».
Como seres humanos compartimos iguales ambiciones y penas: «Hay esa tendencia a decir: ‘Ellos son tan felices con tan poco...´. Y no. Lo que pasa es que cuando tu expectativa es llegar a mañana no tienes otros horizontes, estás ocupado en poder comer hoy. Eso condiciona una manera de ver el mundo, de la que creo que tenemos mucho que aprender. En Senegal, donde trabajamos, el largo plazo no existe».
No es necesario cambiar de continente para hacer una de las «mil cosas que se pueden hacer». En A Coruña se puede colaborar. De hecho, uno de los hijos de Lorena, da a sus 16 años clases de alfabetización a adultos, «y le flipa». «Hay una Coruña profunda que no se conoce. Hay un equipo de intervención social de urgencia que está operativo por las noches. Ves fotos de las que dices: ‘No me creo que esto sea en Coruña, y es. Gente que vive en habitaciones inmundas con agua cayendo sin parar. Eso pasa aquí. Pasa».
Siete años le han dado una red de amistades en el barrio cerca de Dakar. En la escuela de ese barrio montan cada año el consultorio, que siempre tiene pacientes nuevos y pacientes que repiten. «Hay gente que ves año tras año tras año. Lo mejor es ver que gente que conoces sale adelante de una manera u otra, gente que te espera cada año. Eso es lo mejor. ¿Lo peor? Que si pudiéramos estar allí 24 horas al día los 365 días haríamos más», dice.
Esta experiencia le ha hecho tener una visión más amplia de lo que es el mundo («lo ves en 360 grados), y entender «que es injusto también mirar y juzgar la realidad de aquí desde la de allí». Cuando vuelve, el reajuste para Lorena es duro, manda un sentimiento de «rabia». «Ves la cantidad de recursos que tenemos aquí y el mal uso que se les da a veces. Dices: ‘¡Dios mío, con esto lo que haríamos allí!´ Pero es injusto mirarlo así, porque quizá si ellos vivieran aquí harían lo mismo», piensa.
Lorena siente que la que más gana con la experiencia es ella. Es una impresión que crece con el tiempo, cada vez que va en el equipo de médicos, enfermeros y farmacéuticos gallegos que se reúnen a partir del verano para organizar bien los recursos y la recolección del material para irse a Senegal en otoño. Los hospitales, tanto públicos como privados, gallegos en los que trabajan siempre, les donan material. «Del Chuac es de donde solemos ir más. Conocen el proyecto y la verdad es que chapó. El Hospital de Lugo da muchísimo. Este año, el de Vigo y el de Santiago. Todas las gerencias de los hospitales donde trabajaba gente que venía con nosotros han dado. Y hay donaciones de farmacias y de particulares». ¿Qué tal el músculo de la solidaridad? «Se mantiene. Responden instituciones y particulares. Los hospitales en los que estamos nos dicen que sí a todo», valora.
El perfil de los solidarios con que hace equipo Lorena son en su mayoría mujeres, y jóvenes. «¡Yo soy la mayor de calle! Aunque este año había una farmacéutica jubilada», revela quien dice que el voluntariado es duro, «muy caótico». Intenso, exigente, ruidoso.
Sobre el continente del que venimos todos suele leer Lo en las Nubes, que cuenta que hay un libro que debería conocer todo el mundo, el ensayo de Sally Hayden Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos, de Capitán Swing. «Creo como Marc Giró que, tal como se están poniendo las cosas con el clima, quizá tengamos que ir yendo cada vez más arriba... ¿Y si acabamos en Dinamarca y los daneses piensan que ellos son demasiados? Todos somos el sur de alguien», subraya la doctora que ha contagiado a sus dos hijos la sed (saciante) de ayudar.