TRIBUNA | O |
06 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.EL QUE más y el que menos soñó alguna vez con tener una estatua en su pueblo. No es ninguna extravagancia ni sueño imposible. Hay gente sobre pedestal y granito con menos méritos, y ahí están, ufanos y prepotentes, mirándonos desde arriba. Incluso montados a caballo, que ya es la leche del desafío. Contaba mi abuelo que cuando quería presumir, llevaba a las ferias de Meira, Castroverde y Castro el caballo tordo para mirar desde la montura las mozas carpazonas. Desde arriba sólo miran los escogidos. Ahora pocas estatuas se levantan. Yo, que no tengo estatua, pero sí alguna calle por ahí, he visto con satisfacción que la Federación de Asociacións de Veciños de Lugo acaba de solicitar del Ayuntamiento que se dedique una calle al ex presidente del Gobierno Adolfo Súarez, justo en el año en que se cumplen 30 años de las primeras elecciones democráticas en este país. Es una idea feliz, un propósito redentor, un estímulo cívico. Se lo pido yo también al alcalde José López Orozco, que seguro que me hará caso. Adolfo Súarez merece una calle y una estatua en cada rincón de España, aunque ya tiene levantado en el corazón de casi todos los españoles un templo como Júpiter. El ex presidente Súarez, desde la memoria que ha perdido, es el icono de nuestra convivencia, la musa de nuestro orgullo como pueblo, la referencia de que nuestro futuro es la esperanza. O sea, la democracia.