Recordando a Antonio Outeiriño, el diseñador textil que revolucionó la artesanía y la moda de Galicia en los años 80

OURENSE






Provocador y activista, el ourensano fue pionero desde el taller de Bentraces junto a su hermana Conchi con la marca A. Outeiriño y trabajando para marcas como Loewe
03 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Hay quien nace con un don. Se le llama también talento, arte, chispa, aptitud... Se puede diferir en el nombre pero no en identificarlo. Como pasaba con Antonio Outeiriño. A lo innato se sumó el hombre en el que se convirtió: provocador, soñador, activista y comprometido. El ourensano nacido en 1953 revolucionó la artesanía gallega en los años 80 recopilando por primera vez la sabiduría de los talleres sumergidos de la provincia. Y con la marca que creó junto a su hermana Conchi, A. Outeiriño, innovó en la moda textil colaborando con marcas como Loewe. Todo desde su taller de Bentraces. «Fixeches voos impensables en Galicia», es el mérito que le otorga su sobrina, Zeltia Outeiriño. Falleció a los 39 años dejando en una última carta un consejo: «Vivir libremente e non facer dano nunca a ninguén».
Zeltia Outeiriño estrenó este año el documental Filmei paxaros voando, nominado a los premios Mestre Mateo. Su debut audiovisual nació para contar la historia de su tío y padrino, a quien siempre había admirado. «Ensináchesme a rebelarme», dice en la película. Antonio era funcionario de Industria en Pontevedra, pero llevaba la creatividad dentro y, en sus horas libre, empezó a aprender cerámica y después tapiz.
«Para meu irmán era todo a lo grande, cando comezou con cerámica xa se fixo o forno e co tapiz enseguida comprou o tear, era demasiado ilusionado», recuerda Conchi. Antonio era nueve años más mayor que ella y por eso siguió sus intereses para quedarse con él en el taller en lugar de estudiar Bellas Artes, que era su plan inicial. Los dos descubrieron y compartieron la pasión por las telas. Pasaron a confeccionar prendas para ellos mismos y la gente enseguida empezó a hacerles pedidos. Aunque él siguió con los tapices, pasaron a un segundo plano, igual que la cerámica: «Vendeulle o forno a un dos curas do Mosteiro de Oseira».
Presentaron una colcha de diseño y elaboración propia en un concurso de Ferrol, se llevaron el primer premio y las puertas comenzaron a abrise. Antonio vio que la artesanía textil tenía salida y ambos ampliaron su formación. Hicieron cursos en lugares tan lejanos como Turquía, donde el ourensano aprendió sobre tintes. Su máxima diferenciación fue la apuesta por el lino. «Era o bum do liño, do de 'la arruga es bella', collimos o punto, o nicho», explica Conchi. Crearon su propia marca, A. Outeiriño, con prendas únicas fabricadas en telar. Con su presencia en ferias o tiendas, llegaron a los ojos de importantes diseñadores.
«Cando viu que a cousa se disparaba moito paramos, nós nos facíamos moda, facíamos tela»
Elaboraron piezas para personas como Manuel Piña o firmas como Loewe. Antonio incluso fundó la marca Manto, de Manuel y Antonio, junto al diseñador de Madrid para vender las piezas elaboradas en telar. «Cando viu que a cousa se disparaba moito paramos, nós nos facíamos moda, facíamos tela», relata Conchi. El ourensano nunca dejó su trabajo como funcionario y se dedicaba a la artesanía en sus horas libres, encargándose cada vez más de la parte de márketing y relaciones con el sector. Conchi nunca salió del telar desde que entró por primera vez. Lo que verdaderamente les había enganchado al mundo textil eran las telas nobles y los trajes tradicionales gallegos, así que ese se convirtió en su principal cometido.
Defensa e investigación del traje tradicional
El trabajo de la marca A. Outeiriño lo compaginaban con los encargos para la escuela de danza Castro Foxo o la escuela de gaitas. Confeccionaban desde los trajes hasta las fundas de los instrumentos de los grupos folclóricos. Su pasión por lo tradicional y los materiales nobles de la ropa gallega los empujó a realizar una intensa investigación por toda la provincia.
Se adentraron en los pueblos de Ourense, en casas particulares y talleres que sobrevivían gracias a la economía sumergida haciendo trueque. Querían aprender los procesos artesanales de los «museos domiciliarios», como los llamaba Antonio. Admiraban la riqueza, el valor y el trabajo manual escondido en el rural y se implicaron en que no se perdiera. No solo el textil. Por ejemplo, organizaron varios desfiles en A Coruña de los diseños de A. Outeiriño en los que las modelos —que eran chicas de la calle— llevaban joyas de otros artesanos, caretas de ceramistas o bolsos de cuero artesanales. «O que non atopamos foi zapatos, así que iban descalzas», recuerda Conchi.
La investigación apasionaba tanto a Antonio que viajaba solo a otros pueblos de España para aprender sus labores. Su compromiso con la artesanía y cultura gallega lo demostró más si cabe con su labor en la Asociación de Artesáns de Galicia. La entidad empezaba a rodar en A Coruña con cuatro o cinco artistas de la ciudad herculina. En 1983, como recuerda Conchi, la Xunta era conservadora y «complicada», así que los artesanos hicieron una revolución propia por su causa. «Antonio oíra falar dunha xente medio roja e izquierdona e fomos xuntos deles», bromea. El ourensano fue quién organizó al gremio de la provincia, los artesanos asomaron sus cabezas de los talleres y se fueron uniendo a la asociación.
Esa misión de preservar la artesanía textil estuvo y continúa en manos de Conchi. La ourensana sigue impartiendo clases en la escuela Xaquín Lorenzo. «Apaixóname a ensinanza e non quero que isto se perda, os deseñadores están volvendo ao inicio, pasou por aquí xente por exemplo de Adolfo Domínguez que nunca viran de onde saía a tela», relata.
Un activismo que se apagó demasiado pronto
El compromiso que Antonio tenía con la artesanía también lo mantenía con sus ideales. Conchi lo define desde el primer momento como «activista». Era de izquierdas, feminista, homosexual y siempre quiso y ansió vivir con libertad. Su hermana recuerda que cuando se produjo el golpe de estado él estaba en Madrid por la plaza de su oposición y pensó en irse a Portugal porque tenía vínculos con el Partido Comunista de Ourense. «Na época de Franco levou algún pau que outro», cuenta entre risas.
Esa convicción por la libertad lo hizo diferenciarse y ser visto como un «soñador especial». «Podíamos irnos calquera de nós, pero el era fundamental», dice uno de sus hermanos en el documental de Zeltia. En plenos años 80, Antonio nunca vestía de negro, «desfilaba» por la calle del Paseo con ropas llamativas o coloridas, se pasaba el entroido —una época que le encantaba— vestido de mujer y entre todas sus sesiones de fotografía, otro campo que practicó, también le gustaba posar desnudo. «Non deixaba que ninguén o asoballase, non se cortaba por nada, o que sentía, dicíao», asegura Conchi.
Antonio enfermó de sida y falleció a los 39 años. «Cando se puxo enfermo deixou de lado a artesanía, perdeu o sorrido, pero non as ganas de vivir», cuenta su hermana. Conchi no solo es su familia, es su mejor amiga, su confidente y su íntima socia de trabajo. Por eso, una de las motivaciones que el ourensano tuvo para resistir en sus últimos meses de vida fue conocer a Elisa, su sobrina. «Eu non tiña présa por quedarme embarazada, pero el sempre me dicía que por que non tiña unha nena», relata. Conchi cree que Antonio esperó a morir para conocerla y que así, con su hija, ella tuviera más fuerza para seguir adelante sin él. Así fue. Conchi abadonó la marca A. Outeiriño pero sigue sentada en los telares, aunque pensando en su hermano a diario, junto al que fue pionera en la lucha por la artesanía gallega. Antonio dejó una estela de creatividad e ilusión en toda su familia. Zeltia todavía recuerda que una de sus máximas era que el amor es lo único que merecía la pena.