
Es fácil caer ahora en consideraciones victimistas que nos apartan de argumentos más ponderados. Así está ocurriendo con las opiniones de protagonistas afectados por la veda a la pesca con artes de fondo en aguas comprendidas entre los 400 y los 800 metros de profundidad. Vemos que, día tras día, aparecen unánimes quejas del sector y oportunistas manifestaciones políticas de quienes no se preocuparon lo suficiente del seguimiento del proceso legislativo, hasta que se produjo el esperado reglamento de ejecución de la Comisión y empezaron a darse golpes en el pecho.
Era previsible que el sentir generalizado e inteligentemente difundido por activistas contrarios a la pesca de arrastre iba a surtir sus efectos. En una UE en la que existen dieciocho países con nulos intereses en las pesquerías atlánticas (por tratarse de estados sin litoral o tan solo con intereses pesqueros bálticos o mediterráneos) no les resulta difícil vencer a los nueve países restantes que llevan la pesca en la sangre. De ahí que se haya echado en falta una acción coordinada de los países verdaderamente dependientes de la pesca atlántica. Y no ha habido tal coordinación ni lobi capaz de rebatir los predicamentos de los bien organizados movimientos ecologistas. Existían y existen estudios científicos más que suficientes para rebatir los argumentos del reglamento del Parlamento Europeo y del Consejo de 14 de diciembre de 2016, origen del reglamento de ejecución que ahora nos afecta. Y aún no he visto que nadie los haya esgrimido, más allá de documentos con escasa base científica. Entre otros documentos con reconocido crédito e indudable prestigio, me quiero referir al dictamen del 8 de octubre de 2018 del National Academy of Sciences, de Cambridge, Massachusetts.
En ese documento, firmado por 57 científicos de 22 países, la prestigiosa academia llegó a la conclusión de que «la huella de la pesca de arrastre es más pequeña de lo que se pensaba». Para los menos duchos en la materia, digamos que se denomina huella de arrastre a la parte del fondo marino en donde se arrastra. Y en ese documento se determina con total firmeza que «cuando no cuantificas los impactos de la pesca de arrastre en una escala fina, terminas con una sobreestimación de la huella de arrastre». Eso lo dice Simon Jennings, uno de los firmantes del documento. Para el estudio de la Academia Nacional de Ciencias se analizaron cuadrículas de 1 a 3 kilómetros cuadrados. Si esto lo comparamos con la superficie media de las áreas vedadas en el reglamento de la Comisión, vemos que este contempla cuadrículas con una superficie media de más de 150 kilómetros cuadrados. Pensemos que una milla cuadrada equivale a 3,4 kilómetros cuadrados.
Las huellas de arrastre se suelen cuantificar en porcentajes sobre el arrastre realizado en un área en cuestión. Y así, según la citada academia, la huella en el mar Báltico es del 8 %; en el mar del Norte es del 6 %; en la zona de pesca conocida como Gran Sol, del 5 %, y en las costas españolas y portuguesas hasta el Golfo de Cádiz es de tan solo el 2 %. Podríamos pensar que el comisario Sinkevicius se mira al espejo de su Lituania natal. ¿Qué conclusión podemos sacar de estos porcentajes? El dictamen de la Academia de Ciencias americana, la más prestigiosa del mundo junto con la Royal Society británica, es claro: «En donde las huellas del arrastre de fondo son menores del 10 %, las tasas de pesca cumplen con los estándares internacionales de sostenibilidad». Y ya ven, estamos hablando de las huellas del arrastre de fondo, por lo que huelga decir que la inclusión del palangre en la normativa comunitaria está completamente fuera de lugar.