Luis Alamancos, detective: «Hay padres que me piden que investigue qué hacen sus hijos por la noche»

Las bajas laborales y los casos relacionados con la custodia de los niños están en el ránking de lo que más le piden los clientes al detective Luis Alamancos, que dice que no investiga muchas infidelidades. «Pero las sospechas suelen confirmarse», apunta


Sentarse ante un detective privado que además es grafólogo impone lo suyo. Porque Luis Alamancos (A Coruña, 1970) puede examinarte en cuestión de segundos sin que sea necesario abrir la boca. Avisa, y mucho, de que controlemos lo que colgamos en Internet: «Yo he hecho investigaciones prácticamente a través de las redes sociales. La gente no es consciente de la información que da», señala el detective. A nadie le gustaría estar en la piel de sus hijos: «Los niños ya saben que los pillo rápidamente, los cojo al vuelo», bromea.

-¿Qué hace un detective?

-Investigar. Un detective es contratado por su cliente y tiene una legislación muy rígida. Estamos bajo la ley de seguridad privada. La primera es una orden ministerial del 81, después pasamos a la ley del 92, que es muy restrictiva. Ahora se modificó y hay una nueva que estamos esperando. Pero el detective está muy controlado.

-¿Estás colegiado?

-Sí, Galicia es de las pocas comunidades que tienen un colegio profesional de detectives, y la policía te da un carné. Sales de la universidad, mandas todos los papeles al Ministerio del Interior para que te den la titulación y después vuelves a mandar todo para poder montar tu despacho profesional. Luego, cada cierto tiempo tienes inspecciones de una unidad de seguridad privada de la Policía Nacional. Y todos los casos los tenemos que pasar a un libro de registro, poner el cliente y por qué te contrata.

-¿Hay estudios universitarios?

-Sí, de hecho en España están los detectives con más formación de Europa. Tienes que hacer tres años, es una diplomatura específica de detective privado. De hecho, yo mismo doy clases en la Udima.

-¿Para qué te contratan más?

-Curiosamente la gente siempre nos asocia a las infidelidades, pero es un porcentaje bajísimo a día de hoy. El top son casos laborales, todo lo relativo a fraudes, bajas, también fraudes al seguro... Pero lo de las bajas fingidas es tremendo.

-¿Y los particulares qué te piden?

-Las personas particulares te llaman también por la ley de arrendamientos urbanos, gente que ha alquilado un piso y que cree que se lo han realquilado. Y luego están los temas familiares, pero repito, no tanto por las infidelidades como los padres que quieren saber lo que hacen sus hijos el fin de semana, si realmente consumen drogas, qué tipo de compañías tienen... Y después hay incluso casos prematrimoniales, gente que quiere saber qué ha hecho en la vida su futuro marido o su futura mujer porque igual no le casa mucho la versión que le ha dado. También piden investigaciones de gente desaparecida, casos de personas que quieren saber de otra a la que hace mucho que le perdieron la pista...

-La frontera moral ahí es un poco difusa, ¿no? El investigado dirá: ‘¿Por qué me tienen que seguir a mí?’.

-Eso es muy importante, porque tiene que haber siempre un interés legítimo, y ese interés lo tienes que argumentar. La persona que te contrata, aparte de que escribe en el libro de registro, se registra en un informe. Y cuando hay una mínima sospecha de que la investigación no tiene un interés legítimo, hay una red que se llama la red azul de la Policía Nacional y se miran antecedentes y otros datos, porque lo que no vas a dar es pruebas que atenten contra la integridad de nadie.

-¿El caso más surrealista?

-Buff... Hay personas que ya ves que no están bien de la cabeza. Recuerdo un caso en Santiago. Me llama una persona joven muy normal, lúcida, y me habla de su tía, a la que le están complicando la vida en el piso de arriba. Decía que se consumía marihuana allí y demás. Yo le dije que viniese al despacho para ver qué se podía acreditar por los ruidos. Pero vino la señora y empezó a contarme cosas raras, que le habían entrado en casa sin forzar la puerta, que le habían dejado unas pastillas... Con alguien que está desequilibrado ya ves que no puedes hacer nada. Y después con el tema cuernos, a veces me piden que investigue a la pareja para ver si les está siendo infiel.

-¿Te contratan más ellas o ellos?

-Un sesenta o un setenta por ciento podría decirse que son mujeres. Y en uno de estos casos, al final resultó que el hombre sí la estaba engañando, pero era con otro hombre, con lo cual la mujer se quedó doblemente planchada. Hay gente que está sufriendo y esto al final es una ruptura familiar, por lo que hay que tener cuidado a la hora de dar la información.

-¿Suelen confirmarse las sospechas?

-Mira, suelen confirmarse porque cuando hay un cambio de pareja también hay un cambio de rutina. La alarma salta porque esa persona empieza hacer cosas que no hacía anteriormente. Se cuida más físicamente, sale más, el fin de semana empieza a tener cosas en la oficina que antes no tenía y lo pasa fuera… Son cosas que hacen saltar todas las alarmas.

-¿Y esos padres que investigan a sus hijos? ¿También las confirman?

-Desgraciadamente sí.

-Quizás habría que ponerles a ellos una cámara para ver qué es lo que hacían hace 20 años…

-Sí, ¡ja, ja! Y otra cosa que se nos da mucho es el tema de las custodias, para probar si la otra persona está cuidando del menor o no. Yo tuve un caso sangrante de una mujer que consumía y el pobre crío estaba totalmente abandonado. Y un día, en la zona de marcha del Orzán, el niño estaba solo en el coche durmiendo a las dos de la mañana con tres años. Y la madre por allí metiéndose de todo, porque la pillamos in fraganti. Es descorazonador. ¿Qué te da de satisfacción? El hecho de que se pueda demostrar la vulnerabilidad de ese niño y que al final la abuela se hiciese cargo de su custodia.

-¿Hoy el móvil es el gran chivato?

-Sí, de hecho yo se lo digo mucho a mis alumnos, que tengan mucho cuidado con él y con las redes sociales, porque la mejor manera de investigar a alguien es entrar en Facebook o en Instagram. Yo he hecho investigaciones casi en base a redes sociales.

-¿Hay plazos para cerrar un caso?

-Depende de la complejidad, porque en algunos no merece la pena ni meterse. Yo recuerdo el de Madeleine McCann, en el que se recurrió a detectives. Yo estoy también en la Asociación portuguesa de detectives privados, y se pidieron allí, y también a una agencia aquí en España. Pero son casos tan problemáticos y con una complejidad que va más allá de la investigación, que la solución es muy compleja.

-Cuando dices que eres detective, ¿la gente qué te pregunta?

-La gente lo asocia mucho a las películas norteamericanas. Hablan mucho también de las armas, les fascina si las llevamos o no. En España están muy restringidas, y en nuestra labor como detective no llevamos armas ni falta que hace. No es necesario, porque nuestro trabajo es más de observación, de inteligencia, pero no es una intervención directa. Nuestra herramienta es el teléfono, son las microcámaras o la cámara que acoplas al coche para que te dé la perspectiva completa al seguir a alguien… Y luego la libreta y el boli también, claro.

-¿Dónde llevas microcámaras?

-Son una pasada, porque cualquier elemento de uso cotidiano se convierte en una microcámara, un reloj, un bolígrafo… Y cada vez tienen más autonomía, que es muy interesante para estar horas observando a alguien con el boli que dejas aquí colgado en la camisa. Eso con un móvil no lo puedes hacer durante tanto tiempo, porque ya levantarías sospechas.

-¿Cómo se pasa tan desapercibido?

-Es que eso es lo más importante. Yo recuerdo hace años la figura del detective con la gabardina y tal, pero aquí de lo que se trata es de no dar el cante. Para eso hay que mimetizarse.

-Y controlarse. Eso de decir ‘no mires’ y girarse al momento, aquí no vale.

-Ja, ja. Efectivamente, nunca puedes fijarte directamente en la persona porque atraerías su atención. Y de hecho hay veces que estás en un coche durante horas y la persona va pasando por delante y, con tal de que no mires para ella, no se entera.

-Pero hay gente muy observadora.

-Sí, hay quien se puede quedar más. Pero tú también sabes cuándo tienes que abortar una investigación. En el momento en el que ves que una persona puede llegar a sospechar remotamente algo, te vas y al día siguiente o al otro vuelves a montar un operativo con personas diferentes, coches diferentes… Aquí de lo que se trata siempre es de no levantar sospechas.

-Compaginar esto con una familia es complicado, ¿no?

-Sí, vas sin horarios y muchas veces al revés. Y si tu investigado se va de viaje, o de fiesta, tú tienes que seguirle. Pero esto te permite tener una autonomía, y mi familia ya sabe cómo es mi trabajo.

-No me gustaría estar en el pellejo de tus hijos. Los cazarás al vuelo.

-Sí, claro, ¡ja, ja! Los niños ya saben que los pillo rápidamente. También por la grafología y con el lenguaje no verbal les cojo al vuelo. Ya sé si me están mintiendo o no por la mirada.

-Vas a «Cuarto Milenio».

-Sí, voy desde hace unos cinco años. También voy a veces a Equipo de Investigación, de hecho estuve con el caso del niño de Somosierra, que había desaparecido en un camión cargado de ácido. Y también con el de la CAM y con el de Déborah Fernández, la chica que hace 17 años que desapareció en Vigo.

-¿Pero esto no se trataba de pasar desapercibido?

-Claro, pero no te reconocen porque el cambio de imagen es muy rápido. Tú ahora me ves con barba, pero si te afeitas ya cambias radicalmente. Si estoy calvo y me pongo una gorra, ya no te fijas en el pelo. A veces con una prenda, con una tontería, cambias completamente tu imagen.

-Ya ves que no he tomado notas delante de ti, por si acaso...

-Ja, ja, ja. Ya estoy viendo cosas en lo que tienes anotado.

-Pero la letra de una misma persona puede cambiar muchísimo.

-Sí, pero tú fíjate en los patrones comunes. Nosotros nos fijamos en cómo se rellena el espacio en blanco, en la dirección, el espacio entre letras y entre palabras, la presión... Tú no vas a variar la presión, es la tuya, es tu manera de escribir... Incluso cuando hay una autofalsificación para decir que esa firma no la has hecho tú, eso se ve.

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