El ocio clandestino es tendencia

Catas, conciertos, cenas... Incluso locales a los que solo se accede con contraseña. Hubo un tiempo en el que lo de mantener el sigilo era por prudencia. Hoy es tendencia.


Correr es mi destino / para burlar la ley, cantaba Manu Chao en Clandestino, la canción que en 1995 dio título a su primer disco en solitario. Y es que históricamente la clandestinidad ha venido asociada a quiebros legales o a la necesidad de protegerse de determinadas injusticias. No son desde luego ninguna de estas las razones que han llevado a los protagonistas de este reportaje a coquetear con el misterio y la sorpresa. Aunque en algún caso rememoren en su concepto aquellas atípicas situaciones que les dieron origen.

Es el caso, por ejemplo, de los speakeasy. Así se llamaba a los locales que en Estados Unidos suministraban alcohol de tapadillo durante la ley seca. La idea se ha actualizado y hoy se ha transformado en pequeños espacios camuflados en el interior de un establecimiento, sin ningún tipo de señalización ni indicación, a los que solo se accede mediante el correspondiente santo y seña.

En Galicia acaba de abrir el primero de ellos. En Vilagarcía. Una puerta escondida tras un armario en una de las paredes del Derby da acceso a una sala anexa y privada. En ella un máximo de 14 personas pueden realizar cenas degustación, catas o cursos (por ejemplo, de coctelería doméstica), en torno a una mesa común.

«No se trata de un reservado porque en realidad es un espacio que no existe», explica José Dieste, propietario del Derby. De hecho ni siquiera hay ventanas. Tan solo una discreta puerta de salida que conecta directamente con la calle. «Es un espacio que se contrata con antelación para la celebración de una de estas actividades y del que solo dos personas conocen la ubicación. El resto reciben un mensaje con el punto de encuentro y con la contraseña para entrar».

También del exterior, en este caso de Londres, importó Grace Castro la idea de las cenas clandestinas. «Buscaba algo fresco y nuevo para ofrecer desde mi empresa de eventos, Onyvá», relata. Recuerda también que en la primera consiguió congregar a 14 personas. En las últimas eran más de 40.

CENAS SECRETAS

Para organizarlas Grace alquila espacios singulares -una galería de arte, una tienda... hasta el bajo de un gimnasio- que transforma por un día. Contrata un cátering y realiza la convocatoria a través de sus redes sociales. Quienes se aventuran lo desconocen prácticamente todo. Nada saben del lugar donde se va a celebrar, ni tampoco del menú que degustarán, ni la actuación en directo que tendrán, ni, mucho menos, quienes serán sus compañeros de mesa. Dos días antes de las cenas los comensales reciben un mensaje con una dirección, una hora y una contraseña. «Aunque puede que no sea exactamente el sitio donde van a cenar. A veces jugamos al despiste», confiesa Grace. Y es que el factor sorpresa es uno de los principales argumentos de este tipo de convocatorias. «La gente busca vivir algo diferente, quiere que le sorprendas constantemente».

La crisis de la covid-19 truncó las previsiones que Grace Castro tenía para las cenas clandestinas de este año. La primera iba ser en abril. En principio se ha pospuesto para octubre y contará con algunas novedades, como conocer de antemano el chef que prepara la cena -Adrián Felipe- y el grupo que actuará -aún por determinar-. El precio, entre 50 y 60 euros.

CATAS IMPREVISIBLES

Hace tres años que Carlos Piñeiro y Fabián Rivas decidieron organizar una serie de catas clandestinas con fines benéficos. Las realizaban en la tienda de electrodomésticos de uno (Catorce, en Cambados) o en el restaurante del otro (Villa Rolendis, en O Grove). La convocatoria se realiza a través de sus redes sociales y el público no sabe a qué se va a enfrentar. Ha habido catas de vinos en las que alguna bodega de Rías Baixas presentaba sus distintas marcas. Pero las ha habido también de aceites de oliva, de quesos y hasta de combinados con tés. Siempre maridadas con una oferta gastronómica elaborada por el cocinero grovense u otros invitados. «Cada uno de los 25 asistentes paga 10 euros y la recaudación íntegra se dona a una asociación benéfica», explica Carlos Piñeiro. Y así ha venido siendo desde hace tres años, todos los jueves de mayo y junio. Hasta este 2020 en el que se han visto obligados a cambiar de formato. «Este año solo hemos hecho una cata. Fue de vinos, en un pazo, para 50 personas y con un concierto en directo». En agosto intentarán hacer la segunda.

Y del vino a los conciertos sorpresa. Verano tras verano, El Náutico de San Vicente se ha ido ganando la fama de templo gallego de la música en directo. Tras anunciar y acoger más de 70 conciertos solo durante el mes de agosto del pasado 2019, el local grovense ha decidido este año rizar el rizo y jugar al escondite con su clientela, mermada en aforo por las nuevas normas. Tan solo se anuncia el día y la hora de los recitales. Y a veces, como ocurrió este mismo lunes con la sorpresiva presencia de Rozalén, ni siquiera eso.

El precio es siempre el mismo, 10 euros. Y uno se puede encontrar, como ya ha ocurrido en anteriores ocasiones, a artistas como Xoel López, a Love of Lesbian o a Eladio y los Seres Queridos. Por citar algunos.

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