Jessica emprendió de la nada con 23 años y hoy es la jefa de su madre en una clínica de belleza de referencia en Padrón:  «Yo me lanzo, mi madre me frena, pero al final ella siempre da más. Siempre lucha por mí»

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Mari Carmen y Jessica, madre e hija, jefa y empleada en una clínica estética exclusiva en Padrón.
Mari Carmen y Jessica, madre e hija, jefa y empleada en una clínica estética exclusiva en Padrón. PACO RODRÍGUEZ

Aquí mandan los hijos... Hay que tener encaje como padre para dejarse dirigir por un hijo. Ellas rompen el molde de la empresa familiar en Galicia. ¿Ser el jefe de tu madre es un plus laboral?

29 mar 2025 . Actualizado a las 16:06 h.

Madre, emprendedora y jefa de la empresa en la que trabaja su madre, Jessica Fabeiro (Padrón, 20 de septiembre de 1995) pensaba ya en ser independiente cuando ni tenía mayoría de edad. Lo habitual es que -según los datos de la AGEF (Asociación Gallega Empresa Familiar), tomados de un informe del Instituto de la Empresa Familiar de este año, en la empresa de tipo familiar- los padres sean los que están al cargo y los hijos toman el relevo tras la jubilación. El caso de Jessica rompe el molde. Estudió hasta cuarto de la ESO, hizo el bachillerato y, tras acabarlo, se sintió «un poco perdida». Le rondaba la idea de estudiar Fisioterapia, pero la presión de la selectividad la hizo dudar y querer adelantar al máximo la entrada en el mercado laboral. Jessica quería estrenar trabajando su mayoría de edad. Optó por un ciclo superior. «En mi mente siempre estuvo trabajar y ser independiente. Y decidí hacer en Santiago Estética Integral y Bienestar», comienza a relatar.

En el verano de cuarto de la ESO, dedicó las tardes a trabajar en la cafetería del restaurante familiar de su marido. No lo hizo por papá y mamá: «Era por mí. Porque cuanto menos tuviera que pedirles a mis padres, que siempre me lo dieron, para mí era mejor».

Jessica, con una hermana 12 años menor, tiene la responsabilidad habitual de una primogénita. La diferencia de edad con su hermana pequeña aumentó el peso de ser la mayor.

Tras formarse en el ciclo de Estética Integral, a Jessica le surgió hacer unas prácticas en Bertamiráns. Se quedó en el centro a cubrir una baja de maternidad a jornada completa, que se redujo a la mitad en cuanto la empleada a la que sustituía volvió. En ese momento, Jessica compaginó su trabajo en el centro de estética con la ayuda en el restaurante de sus suegros.

«Empecé colocando cuatro pestañas a unas amigas en casa y todo fue a más. Una amiga se lo contó a otra, la otra a la otra y la cosa aumentó»

Mirando al futuro, las ganas de Jessica querían innovar. Empezó a hacer formaciones. «La primera de las más serias que hice fue de extensión de pestañas. Yo le propuse a la jefa hacer las extensiones de pestañas en la clínica y me dijo que no. Así que empecé colocando cuatro pestañas a mis amigas en casa y todo fue a más. Una amiga se lo contó a otra, la otra a la otra ¡y la cosa aumentó!», revela.

Jessica empezó a hacer clientela antes de tener local. Viendo que su jefa no se decidía a incorporar novedad, Jessica hizo la maleta y se fue a una feria de estética en Madrid acompañada de su pareja, Fabián. En la feria, «en uno de los stands, el de la radiofrecuencia Indiba, conocí a Carlos y a Jorge. Y volví a casa y, muy yo, le dije a mi padre: ‘‘Vi una máquina...! Es una máquina que vale más de 20.000 euros, pero es un referente, es muy buena”. Mi padre me dijo: ‘‘Pues tendrás que valorar tú”». A los quince días, Jessica comió en Vigo con Carlos y Jorge en compañía de sus padres. La razón la llevaba a dudar si en Padrón habría mercado para aquella máquina que la hechizó en Madrid, pero su intuición le decía: «Lánzate». Un crédito personal dio valor a su corazonada. «Jorge y Carlos me dijeron: ‘‘Si ves que en seis meses la máquina no funciona como te decimos, te la recogemos’’. Les pedí que lo dejasen escrito en un papel». Poco confiada a la suerte, esta mujer que ante la duda prefiere arriesgar se lanzó a emprender montando su negocio en una entreplanta. Así arrancó el sueño de Jessica, con ayuda de un crédito personal. Sus padres la apoyaron en todo. «En el pueblo se oía que mi padre me montó la clínica, que es millonario... Mi padre es una persona autónoma que se dedica a trabajar y punto», aclara la emprendedora.

 «Al cambiar a un local más grande, tuve que tirar más de mi madre. Le dije: ‘‘En vez de ayudar, prefiero que te quedes a trabajar conmigo a que te vayas a otro sitio y tener que contratar a otra persona”»

«TUVE QUE TIRAR DE ELLA»

En ese duro momento de despegue, en el 2018, la madre de Jessica no trabajaba. «Y yo necesitaba a alguien que me ayudara con las gestiones. Ella lo hizo como mi madre, pero el negocio fue creciendo y el trabajo también».

Con la mudanza de un local de 80 metros a otro de 250 se hizo más notoria la necesidad. «Al cambiar a un local más grande por necesidad de espacio, tuve que tirar más de mi madre. Le dije: ‘‘En vez de ayudar, prefiero que te quedes a trabajar conmigo a que te vayas a otro sitio y tener que contratar a otra persona”», comparte Jessica, que no ignora el valor emocional añadido, irreemplazable, que tiene emplear a una madre.

El crecimiento de Jessica Fabeiro Beauty Experiencie fue espectacular. «Nunca imaginé que íbamos a llegar al punto en que estamos ahora», confiesa la joven empresaria, que hace un tándem estelar con su madre.

Sus clientes son, en su mayoría, «de fuera». La tecnología que tienen es exclusiva en Galicia. Gente que antes se movía a Madrid o Barcelona visita Padrón para regalarse una de las experiencias de belleza de Jessica, en un centro que cuenta con registro sanitario, y un equipo de dos doctoras, dos recepcionistas y cuatro personas trabajando en cabina que completan esta madre y esta hija complementarias.

«Parecidas mi madre y yo no somos —dice Jessica—... En los gestos puede ser, pero tenemos formas de pensar que son muy diferentes. Ella es mucho más de adaptarse y no tiene esa mentalidad de querer avanzar. Mi madre no toma ninguna decisión sin estar yo. Siempre espera mi palabra para tomar una decisión».

Jessica sale más a su padre en capacidad emprendedora y personalidad ejecutiva. «Mi madre es de frenar. Te va frenando, prefiere que no te metas en complicaciones», explica. A Jessica, en cambio, le cuesta «frenar». Es algo que ve más claro desde que es madre de Sofía. «Antes mi hijo era la clínica», dice quien valora «lo bien que responde el equipo». Pero a Jessica le genera inquietud no estar tan presente en su negocio. «Antes de que naciera mi hija, estaba yo las 24 horas del día. Ahora me veo en casa, con Sofia, y pregunto cómo le fue a cada clienta con la que no pude estar», comenta.

La forma de ser madre va cambiando con el tiempo. Es algo social, generacional. Si a Jessica su madre le dice que no «pasa nada por que Sofía vaya un rato a la guardería», Jessica piensa que no tuvo a su hija «para dejarla en la guardería». Dos posturas razonables, pero es un bien intransferible la seguridad maternal.

¿Separan lo personal y lo laboral?, ¿es posible o cómo se hace cuando se lleva al terreno de la empresa el vínculo madre-hija? Jessica y Mari Carmen se ven a diario en la clínica y comen en familia por costumbre los domingos. Y esos domingos de ocio dejan el trabajo (o lo intentan) fuera del plato.

Mari Carmen es un apoyo vital para Jessica en el trabajo y en la conciliación. ¿Es Jessica comprensiva como jefa con su madre? «¡Creo que sí! Lo soy con todas. Y mi madre, aunque me frena, al final siempre me dice que sí. Lo que me duele le duele a ella. Al ser mi madre, ella lucha siempre por mí. Siempre da más. Me viene con una bolsa de naranjas o me trae un táper a la hora de comer... Siempre da más de lo que pido, siempre», concluye la emprendedora que hace de la belleza una experiencia de lujo en las orillas del Sar.