Alemania, entre la crisis y el auge ultra de cara a los comicios del domingo
INTERNACIONAL

El tradicional motor europeo busca estabilidad tras dos años de recesión
18 feb 2025 . Actualizado a las 05:00 h.A menos de una semana para las elecciones legislativas anticipadas, Alemania es un país que se ha venido abajo. El 2024 fue su segundo año de recesión. El producto interior bruto (PIB) lleva estancado desde el 2019. El corte del suministro del barato gas ruso por la guerra de Ucrania ha acelerado el declive de las industrias de automoción y máquina-herramienta, sus grandes motores. El mercado internacional prefiere lo que ofrece China, más barato y tecnológicamente moderno. Además, sobre esta crisis planea la amenaza de los aranceles de Donald Trump y el apoyo de Washington en estos comicios a la ultraderecha.
Ese estancamiento económico coincide con algo insólito: el sistema político, basado en el bipartidismo y las coaliciones y ejemplo de estabilidad, se ha convertido en un avispero que ha provocado la pérdida de crédito del actual canciller, el socialdemócrata Olaf Scholz, y el adelanto de la cita con las urnas. En estas arenas movedizas emerge la ultraderecha alimentada por un rechazo creciente a la inmigración. Alemania tiene 83,5 millones de habitantes; 21 son de origen extranjero y 14 han nacido fuera de sus fronteras. Hay, además, casi 3,5 millones de refugiados (ucranianos, sirios, afganos...).
El viejo fantasma del nazismo revive en un país que ha hecho penitencia durante décadas por el Holocausto judío. Tras la apacible época de Angela Merkel, que abrió la puertas a un aluvión de solicitantes de asilo, Alemania afronta su cita electoral más traumática. Y Europa asiste con las manos en la cabeza al colapso de la máquina germana, que puede pasar de ser un tractor del proyecto continental a convertirse en una rémora ensimismada en sus propios problemas.
Pforzheim, la llamada «ciudad de oro», es una muestra. Con 130.000 habitantes y situada en la Selva Negra, ocupa el corazón de la joyería alemana. Fabrica lujo, aunque ahora su industria está en declive. Esta urbe fue ejemplo de la reconstrucción del país tras la Segunda Guerra Mundial. En 1945 sufrió durante 22 minutos un bombardeo masivo de la aviación aliada. Murieron más de 17.000 personas. Años atrás, en 1933, el 57 % de sus habitantes habían votado al partido nazi de Adolf Hitler. La ciudad resucitó de sus cenizas, asumió los crímenes contra los judíos y abrió sus puertas a una inmigración que hoy supone el 30 % de la población total.
El sentimiento colectivo de culpa por ese pasado cortó durante décadas cualquier brote de xenofobia. Ya no. En las europeas del 2024, el partido ultraderechista AfD logró en Pforzheim el 23,3 % de las papeletas, solo superado por los conservadores (CDU) con el 27,6 %, y por delante de los socialdemócratas (SPD, 10%) y los Verdes (9 %). La animadversión al extranjero, reforzada por atentados como el que la pasada semana protagonizó un refugiado afgano al atropellar y dejar heridos a una treintena de ciudadanos, va a más.
Merz, favorito en los sondeos
A las puertas de las legislativas, esta ciudad refleja lo que sucede en el resto del país: las encuestas en Alemania dan el 30 % de la intención de voto a los conservadores (CDU/CSU) de Friedrich Merz. La AfD de Alice Weidel alcanza el 20 % y se perfila como segunda fuerza. Los socialdemócratas (SPD) de Scholz se quedarían en el 16 %, que sería su peor resultado histórico. Y a los Verdes, con el 14 %, no les penaliza haber formado parte del último Gobierno de coalición junto al SPD y los liberales. Con ese trío al mando del Ejecutivo, Alemania se ha frenado en seco. La economía funciona como las bicicletas: si se para, se cae.
Pero ante la cercanía de las urnas la crisis queda tapada en parte por el auge de la ultraderecha, a la que los sondeos vaticinan su mejor resultado desde la Segunda Guerra Mundial. El resto de los partidos ha formado un cordón sanitario y se ha comprometido a no aliarse con esta formación xenófoba que es apoyada, entre otros, por los dos hombres fuertes de Trump, Elon Musk y el vicepresidente JD Vance, y por el presidente húngaro, Viktor Orbán. En ese tablero político, la inmigración es la pieza clave. A finales de enero, Merz presentó una moción contra el derecho de asilo y la sacó adelante con los votos de AfD. Para muchos, incluida Merkel, eso supuso romper el veto a los ultras y darles impulso. Merz ha repetido desde entonces que jamás gobernará con los ultras. En pleno crecimiento de los extremismos en Europa, los partidos moderados alemanes se juramentan para levantar un muro de contención. Vistas las encuestas, lo más probable es que el candidato conservador encabece el nuevo Ejecutivo en coalición con los socialdemócratas, lo que daría una mayoría estable, o con Los Verdes, que sería más ajustada. AfD, eso sí, sería el primer grupo de la oposición. Un salto enorme en un país que ha sido un modelo de éxito del bipartidismo y la moderación.
Los democristianos de la CDU/CSU dirigieron la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial. El SPD, el partido socialista, llegó al poder con la ola revolucionaria de 1968 y el liderazgo de Willy Brandt. En 1972 tocó techo con el 45 % de los sufragios, tres veces más de lo que hoy le auguran las encuestas. Su declive comenzó paradójicamente con la caída del Muro de Berlín (1989), que unió la Alemania occidental con la comunista. En medio, como bisagra entre democristianos y socialdemócratas, se han situado habitualmente los liberales del FDP. Y a partir de los años setenta irrumpieron Los Verdes. De la ultraderecha apenas se supo hasta el 2013, cuando nació Alternativa para Alemania (AfD). Su germen es antieuropeo y ha derivado en la xenofobia para terminar albergando a simpatizantes de grupos de simbología nazi. En el 2021 obtuvo el 10 % de los votos. Ahora dobla esa cifra en los sondeos. Aun así, como recoge la revista francesa Le Grand Continent, su peso es menor que el que tienen movimientos similares en Francia e Italia. AfD, que apoya a Putin, ha recibido el aval del nuevo Gobierno estadounidense. Trump ‘ha votado' ya por Alice Weidel.
Coaliciones y estabilidad
Las coaliciones han sido la solución más frecuente para la gobernanza en Alemania. La fórmula se ha traducido en estabilidad: desde 1958, el país solo ha tenido 28 gobiernos, por 48 de Francia. Pero esas alianzas a dos bandas se convirtieron en el 2021 en un tripartito entre el SPD, los liberales y Los Verdes que ha saltado por los aires y que coloca de forma anticipada ante las urnas a los atribulados ciudadanos germanos.
Alemania, un país tradicionalmente de alta natalidad y fuente de la que salían oleadas de inmigrantes —hasta Trump dice que su apellido viene de allí— se ha beneficiado durante décadas de los jóvenes con oficio llegados desde otros territorios de la UE que sufrían una crisis económica. Ahora, la xenofobia nutre a los ultras. Esta semana, además, EE.UU. ha anunciado su intención de desvincularse de la defensa de Europa. Alemania no tiene armas atómicas —ni centrales nucleares tras el apagón decretado por Merkel en el 2011— para oponerse al expansionismo ruso. Tendrá que gastar en defensa y archivar las políticas de austeridad en su peor crisis económica desde mediados del pasado siglo, cuando pagó con la derrota en la Segunda Guerra Mundial su apuesta por el nazismo.