«Soy su padre, y soy una madre fantástica»

Ernest tiene 13 años y es el sueño hecho realidad de Octavio Villazala. «Cuando lo vi me quedé 'embarazado', me enamoré de sus ojos», asegura este padre al que le hacemos homenaje


Ernest es el sueño hecho realidad de Octavio Villazala (Lugo, 1966). «Cuando lo vi pensé: ‘Es el niño con el que soñé», asegura el educador canino que ha llevado a colegios y hospitales su instinto y nobleza animal. Ernest, que hoy tiene 13 años, nació en África y vive desde los 4 en Oza-Cesuras con sus padres, Óscar y Octavio, y sus «hermanos» caninos, los perros Lusco y Fusco. Cuando entra en casa, Octavio es «papá Tito». «A veces es duro, pero cariñoso y buena persona», dice su hijo, que se parece a papá «en el carácter». Padre e hijo hablan de casi todo, como un padre y un hijo que saben que el amor no tiene límites pero el respeto impone los suyos. «Yo le hablo de Dios, del Dios en el que creo; de las personas que pasan necesidades y de en qué consiste acertar en la vida, según lo veo. Siempre le digo que el triunfo más grande es ser feliz», cuenta O Bicheiro, el hombre que susurra a los perros. «¡Pero en el fútbol me dice que tengo que meter goles!, y si me equivoco, dice que hay que mejorar y chupar más balón», puntualiza Ernest. Él destaca la inteligencia de «Tito» y disfruta sobre todo con él los fines de semana. «Los sábados y los domingos, cuando papá Óscar está durmiendo, Tito y yo jugamos a parar tiros en el sofá», cuenta. «Eso tiene un nombre, naranjabol», informa su padre, sobre un deporte casero que va de encajar naranjas y limones en el chaise longue.

Octavio se convirtió en padre de un vistazo. «Fue cuando vi la foto de mi hijo, y punto. Me quedé embarazado. Cuando vi sus ojos me enamoré. Está el amor de la madre y el amor del hijo. Esos son mis grandes amores. Ernest es mi hijo, sin adjetivos. Yo lloré el día que murió mi madre y el día que vi a mi hijo. Cuando lo vi, sentí que era hijo. Y no tengo ningún poder sobre él más que el de guiarlo por la vida. Ernest es un niño hermoso, y debo decir, en honor a la verdad, que lo es en parte porque sus padres nos ocupamos de educarlo en esto», afirma.

Ernest llevó a Octavio de vuelta a su infancia. «Yo quería darle primero todo el amor; segundo, todo el amor, y tercero, todo el amor. Y cosas que yo no pude tener», dice con emocionado orgullo de padre. «Con la pareja hay un poco ese ajuste de si tú me das yo doy, pero con los hijos no. Es yo te doy, te doy, te doy, te doy... Y eso que yo no soy un amigo, soy el padre de Ernest. Es hijo, no es amigo. Por eso, cada paso lo doy con amor, pero también con firmeza de padre», afirma.

Ernest, según «papá Tito», es ordenado. «En eso sale a papá Óscar -admite-, que le da equilibrio en cuanto a horarios. Yo le doy un poco más de locura, pero también cultura, eh... Óscar es más pragmático, y yo, más poético. Nos complementamos muy bien», valora Octavio. La llegada del hijo cambió la relación de pareja. «Nos ha unido, nos ha dado una seguridad y un compromiso. El compromiso de criarlo con amor. ¿Quién me iba a decir que iba a ir a los partidos los domingos de invierno, con padres que nos ponemos ahí a veces a berros?», manifiesta.

¿Hay en casa un rol materno? «Yo me he sentido muy mamá. Y educar a perros me ha valido para mucho en esto, eh... Yo con una mirada lo soluciono, no ando con bromas, quiero que Ernest sea un hombre de provecho, que se empape de la vida, que toque la hierba, el mar, que sepa lo que vale el esfuerzo. Y le digo: ‘Si puedes vivir de lo que te gusta y ganas dinero, genial, pero no vivas de ilusiones. Lo que hagas, hazlo con pasión y bien», comparte el dueño de Montegatto, que dice que los padres son madres y a la inversa. «Todos tenemos un lado femenino y otro masculino. Yo he sido una madre fantástica. Canto nanas, cuento cuentos... Ernest ha mamado en mi oreja derecha, ha tomado día y noche el biberón en esta oreja. Yo soy madre desde el fondo de mi corazón, padre y madre», asegura quien advierte que a los hombres les han «castrado a la hora de sentir».

El sol de la conversación nos va llevando a la noche. Llega el momento del cuento. Hay uno de buenas noches que no deja de contar «papá Tito». «Es de noche, hace frío y vamos en una carroza papá Tito, papá Óscar, Fusco, Lusco y yo, y llevamos dos caballos», empieza Ernest, que lo sabe de memoria. «Vamos en un carromato, no en una carroza», corrige su padre. «Y dicen por la radio: ¡No salgan de sus casas, hace tempestad! y entonces ponemos una lona, a los caballos unos chubasqueros y nos adentramos en la noche y hacemos una tienda con madera y paja. Y viene un lobo, pero Fusco ataca y el lobo se va... Y nos quedamos dormidos».

«A mí me llaman papá, y a Hugo, papi»

MARÍA VIDAL / SUSANA ACOSTA / PATRICIA GARCÍA / ANA ABELENDA

El amor de un padre no tiene límites y en YES hoy le hacemos un homenaje. Para prueba, estos hombres que son pareja y demuestran que lo suyo es más que un papel

Cuando Isaac y Hugo se conocieron, hace ya 12 años, los dos tenían claro que querían formar una familia. Y que la única vía por la que cumplirían su sueño sería la adopción. «Hay niños de sobra ya en el mundo que necesitan una familia como para traer más», señala Isaac. Descartaron la internacional, «porque para parejas del mismo sexo es prácticamente imposible», y en el 2012 iniciaron los trámites en España. Se habían planteado un horizonte de 7 años, pero los plazos se acortaron. Cuando presentaron la solicitud les recomendaron que se hicieran pareja. Dicho y hecho. Al año siguiente, les advirtieron de que deberían estar casados. «Nos daban 10 días para casarnos y además la funcionaria que nos atendió nos dijo: ’Si no lo conseguís, no os preocupéis como os quedan tantos años de espera, no pasa nada’», comenta Isaac. Lo intentaron pero «no encontramos ningún ayuntamiento por la zona que nos casara en 10 días», cuenta Hugo. Firmaron deprisa y corriendo en marzo del 2014 y lo adjuntaron al expediente. A partir de ahí: silencio administrativo. «No sabes nada, nadie te cuenta nada, cuando consigues que te cojan el teléfono te dicen lo que buenamente pueden o quieren, y a esperar», explica Isaac. En el 2015, una amiga que tiene un hijo en acogida les propuso participar en una reunión sobre acogimiento y decidieron abrir esta vía a la par que la adopción. Sin embargo, todas sus expectativas se vinieron abajo cuando les dijeron «o adopción o acogimiento». «Nosotros habíamos modificado el expediente para adoptar a dos hermanos, en vez de a uno, porque si no el segundo ya nos iba a pillar con una edad..., pedimos que fueran hermanos y que uno tuviera necesidades especiales para agilizar el trámite porque estos casos nadie los quiere y también para darle una vida a esos niños. Pero solo nos habían dado idoneidad para uno, entonces se lo comentamos a la jefa de Menores que estaba en la charla y se comprometió a revisarlo», explica Hugo. 

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