Un miembro de la jerarquía eclesiástica «sin prejuicios desdichados»,
en defensa de una mujer que vivió un tiempo que La Voz retrataba «dominado por espíritus estrechos». En 1912, el periódico hizo una decidida campaña para que Emilia Pardo Bazán fuese admitida en la Academia Española de la Lengua. Entre quienes con más pasión la defendieron estuvo el obispo de Jaca, otra «rara avis» de la época.
Jesús Flores