El país que fuimos: así vivía, estudiaba y trabajaba España en 1975
Cumplido medio siglo de la muerte de Franco, recordamos cómo era España en 1975: cómo vivían sus ciudadanos, cómo se organizaba el trabajo y la economía, y cómo se estudiaba en un sistema educativo todavía marcado por la dictadura, antes de que la Transición transformara por completo la vida cotidiana
Cincuenta años después, cuesta reconocer al país que existía cuando Franco murió. La España de 1975 era un territorio organizado a la vieja usanza, con provincias heredadas del siglo XIX y regiones sin autonomía real; una población mucho más joven, sostenida por generaciones amplias; y una economía que avanzaba con desigualdades profundas pese al mito del supuesto bienestar. En las calles, la cultura respiraba por las rendijas: nuevas músicas, libros baratos que pasaban de mano en mano y un pulso juvenil que empezaba a cuestionar el traje rígido del régimen.
En las aulas también se movían placas tectónicas. La Ley General de Educación había abierto una grieta en un sistema anclado en el catecismo y la segregación, anticipando una modernización que aún tardaría en verse reflejada en la vida cotidiana. Aquel país, con sus contradicciones y sus límites, no imaginaba la magnitud del giro que estaba a punto de emprender: una transformación demográfica, territorial, económica y cultural que, medio siglo después, permite medir con cierta precisión cuánto hemos cambiado —y qué huellas quedan todavía de aquel tiempo.


Medio siglo después, la fotografía demográfica de España es casi irreconocible. En 1975 el país rondaba los 36 millones de habitantes y tenía una pirámide propia de una sociedad joven: una base ancha, sostenida por generaciones numerosas, impulsada por un modelo familiar rígido y por una política natalista que premiaba a quienes acumulaban descendencia. Aquella estructura convivía con un mapa muy distinto del actual, marcado por provincias sin autogobierno, por un Madrid sin autonomía que concentraba todo el poder y por un Sáhara que aún figuraba como una provincia más en pleno proceso de descolonización. Mientras la mayoría de los municipios pequeños se vaciaban y las ciudades comenzaban a atraer población, España seguía viviendo bajo un esquema social que empujaba a casarse pronto, tener hijos jóvenes y asumir roles familiares tan férreos como desiguales.

Hoy, esa fotografía está invertida. La mitad del país que vive ahora ya estaba aquí en 1975, pero la pirámide ha cambiado de dirección: la base se ha estrechado hasta cifras inéditas y el peso se ha desplazado hacia las generaciones de mediana y avanzada edad. Galicia lo ilustra con claridad: el grupo más numeroso ya no son los niños, sino quienes rondan los cincuenta, y el número de menores de cinco años se ha desplomado un 64 %. La longevidad, que entonces apenas superaba los setenta años, se ha disparado hasta los 83, y España se ha convertido en uno de los países donde la esperanza de vida crece más rápido.


La economía española que dejó Franco en 1975 era un mosaico de modernización incipiente y lastres profundos. Los precios se disparaban por la crisis del petróleo y el poder adquisitivo se erosionaba rápidamente. El Salario Mínimo Interprofesional (SMI) rondaba las 100.800 pesetas al año, unas 8.400 al mes, equivalentes a unos 50 euros, y hacía falta ahorrar más de 11 sueldos mínimos para comprar una vivienda. Mientras tanto, el país seguía siendo en buena medida agrícola e industrial, y la fuerza laboral femenina, prácticamente invisibilizada, estaba relegada al hogar; más de nueve millones de mujeres se dedicaban exclusivamente a las labores domésticas y solo representaban un 19 % de la población activa.

Medio siglo después, España se parece poco a aquel escenario: el SMI actual supera los 1.100 euros mensuales en 14 pagas, con un poder adquisitivo muy superior al de los años finales del franquismo, pese a la inflación acumulada. Los servicios absorben tres de cada cuatro puestos de trabajo, y la incorporación masiva de mujeres ha transformado no solo la economía, sino también la estructura social y las expectativas de las generaciones. La cesta de la compra refleja cambios culturales y materiales radicales: lo que antes era lujo o inaccesible —como alimentos preparados, anticonceptivos o tecnología— hoy forma parte de la vida cotidiana.


En 1975, la televisión ya formaba parte de la vida diaria de los españoles, aunque con limitaciones técnicas y de contenido. Solo había dos canales, ambos gestionados por Televisión Española, que controlaba horarios, formatos y censura; la programación comenzaba más tarde por las mañanas y se concentraba en la franja vespertina y nocturna. Las emisiones incluían telediarios, sesiones de misa, partidos de fútbol, recitales musicales y series; los niños seguían programas como Un globo, dos globos, tres globos, mientras Félix Rodríguez de la Fuente acercaba la naturaleza a millones de hogares con El hombre y la Tierra. Para quienes no tenían televisor propio, los Teleclubs locales permitían el acceso colectivo, convirtiéndose en un fenómeno social y cultural notable, con más de 4.400 clubes y 811.000 abonados.
Más allá de la televisión, la cultura española de 1975 ya mostraba indicios de apertura y diversidad. El cine combinaba producciones españolas, hollywoodienses e italianas, y títulos como Jesucristo Superstar o El jovencito Frankenstein rompían moldes en la taquilla. La música popular se diversificaba con artistas como Camilo Sesto, Julio Iglesias y Joan Manuel Serrat, mientras Eurovisión seguía siendo un espectáculo nacional bajo control del régimen. La literatura también empezaba a abrirse: novelas de Mendoza, Goytisolo, Umbral o Salisachs circulaban gracias a ediciones de bolsillo y suscripciones del Círculo de Lectores. Aunque muchas expresiones culturales seguían condicionadas por la censura y las normas sociales, ya se filtraban grietas que anticipaban la España que vendría, con nuevos gustos, formatos y posibilidades de consumo cultural.


A comienzos de los años setenta, la Ley General de Educación abrió una ventana hacia la modernización en un sistema escolar marcado por décadas de adoctrinamiento. La normativa garantizaba la escolarización de todos los niños entre seis y catorce años, creó la Educación General Básica (EGB) como tronco común y abrió el camino hacia un bachillerato unificado que preparaba para la universidad. Aunque la religión seguía siendo obligatoria y el crucifijo presidía las aulas, se introdujeron avances como la enseñanza obligatoria de una lengua extranjera y la sustitución de los libros únicos por manuales específicos. Para 1975, España contaba con más de 36.000 centros educativos y la escolarización en edades obligatorias rondaba el 100 %, mientras que la educación superior alcanzaba a algo más del 12 % de la población joven, concentrada en 23 universidades.

La presencia femenina en la universidad comenzaba a crecer de forma visible, aunque condicionada por los roles de género de la época. Representaban entonces el 37 % del alumnado total y se concentraban en carreras como Filología, Filosofía o Magisterio, mientras que en áreas como Económicas apenas alcanzaban el 22 %. La evolución era incipiente: por ejemplo, en Medicina, de solo dos mujeres tituladas en 1963 en Santiago de Compostela, se pasó a 69 en 1975, señal de un cambio lento pero sostenido.
La enseñanza preescolar reflejaba con claridad la división de roles: prácticamente todo el profesorado era femenino, asumiendo casi en exclusiva el cuidado y la educación inicial, un esquema que la Transición y la expansión educativa comenzarían a transformar durante las décadas siguientes.