¿Por qué si un francés se alimenta de queso, vino y «baguettes»  sufre menos infartos que otro europeo?

Conocida como la «paradoja francesa», el país galo tiene uno de los índices de obesidad más bajos y sus ciudadanos sufren cinco veces menos ataques al corazón que en países vecinos; sin embargo, su dieta es rica en grasas saturadas y vino


El cine y la literatura llevan años cargando de clichés los comportamientos de los ciudadanos de todo el mundo en función de su origen. Que se lo digan a los franceses, que si uno se deja llevar por los estereotipos, bien podría decirse de ellos que están todo el día a la bartola de pic-nic con croissants au beurre y Borgoña, visitando galerías de arte, agotando cigarrillos y luciendo camisetas marineras. Aunque es cierto que estas imágenes mentales son un reflejo de una amalgama de conductas, en honor a la verdad puede decir se que en relación a la dieta el país galo es muy ortodoxo con sus tradiciones y, esa idea de que el queso, la mantequilla, el vino y el pan son los protagonistas indiscutibles de la mesa, se mantiene inalterable. En un momento en el que la apuesta por una alimentación verde y la reducción de grasas saturadas de la dieta están en un punto álgido, cuesta entender que en el país vecino sigan erre que erre con la quiche lorraine, la fondue y les crêpes. O no.

A tenor de lo que demuestran los estudios, pese que la reina madre de las dietas sigue siendo la mediterránea, los franceses no deben estar siguiendo un plan del todo nocivo, pues nuestros vecinos del norte apenas mueren a causa de infartos. De hecho, su riesgo cardiovascular es entre 5 y 10 veces más bajo que el de un inglés. Esta paradoja francesa, como se conoce en el ámbito médico a la evidencia nutricional por la que, pese al elevado consumo de lácteos, bollería y carne, estos ciudadanos sufren menos ataques al corazón que otros europeos, se constató por primera vez en 1819. Lo estudió el irlandés Samuel Black, amante de la cultura gala, que extrajo la conclusión de que más allá de los alimentos, es el hábito de tomar una copa de vino tinto al día, la posible clave del éxito de esta alimentación.

Durante buena parte del siglo XX y XXI, científicos de todo el mundo han intentado explicar el porqué de la buena vida francesa, argumentando finalmente también el poder del papel equilibrador del vino, con sus reconocidos efectos cardiovasculares debido a su contenido en polifenoles. Además, los hábitos del día a día francés distan mucho de una vida sedentaria, comen porciones más pequeñas que en otros puntos del globo, no pican entre horas y dedican tiempo y respetan los momentos de las comidas. Todo cuenta. Pero también es fundamental, según evidencian los últimos estudios científicos, el queso; elemento imprescindible en esta dieta. 

Más queso, menos mantequilla

Camembert, brie o roquefort pueden tener mucho que ver en esta extraordinaria dieta. Según una investigación realizada por un equipo de daneses publicada en el 2015 en la revista Journal of Agricultural and Food Chemistry, los franceses, que consumen una media de 26 kilos de queso al año (más que en ningún país), hacen bien en permitirse estos lujos. El estudio refleja que los efectos positivos para la salud de productos lácteos fermentados dejan un interrogante sobre el supuesto perjuicio que supone para el organismo comer de manera regular estos productos. De hecho, la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación se hizo eco de un análisis en el que se concluyó que el consumo del queso reducía el consumo de colesterol LDL (el conocido como «malo») comparándolo con el consumo de una mantequilla de igual contenido de grasas saturadas.

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