¿Son las residencias universitarias de Santiago una buena alternativa a los pisos? El alumnado de la USC destapa sus problemas

Andrés Vázquez Martínez
Andrés Vázquez SANTIAGO

VIVIR SANTIAGO

Entrada principal de la residencia pública del Burgo das Nacións.
Entrada principal de la residencia pública del Burgo das Nacións. XOAN A. SOLER

Las opciones son variadas, pues además de centros públicos o privados también hay pisos con servicios de limpieza y comedor incluidos en su renta mensual

13 ago 2023 . Actualizado a las 19:02 h.

Agosto es el mes de vacaciones por excelencia para toda la comunidad educativa y no iba a ser menos la vinculada a la Universidade de Santiago. Profesores y alumnos se relajan en la playa o donde más les plazca a falta de un mes de que comience de nuevo el curso, aunque los segundos seguro que no descansan del todo. A quienes no han conseguido piso todavía, bien porque su futuro está todavía en el aire o bien porque el mercado inmobiliario no se lo ha permitido, se le acaban las horas para meterse bajo algún techo habitable.

Una alternativa son las residencias universitarias, sobre todo para los recién aterrizados desde el bachillerato. Suponen una buena oportunidad para conocer gente nueva y entrar en la vida universitaria con buen pie. En general, la idea parece buena, pero en la práctica se esconden muchas deficiencias: las que no son extremadamente caras pierden por tener escasas plazas, las que no tienen problemas con sus instalaciones hacen padecer a sus habitantes un férreo control de sus libertades. «A ver si la vivienda de alquiler no va a estar tan mal», indican varios estudiantes entrevistados y pertenecientes a cursos superiores, cuando no ya exalumnos de la USC.

Residencias públicas

Claudia Rivera vivió desde su llegada a la USC en el año 2019 en la residencia universitaria Monte da Condesa, de carácter público perteneciente a la propia institución. Ahora que ha terminado sus estudios sin moverse de sus muros en los últimos cuatro años, no duda al señalar el primero y más importante de sus puntos a favor: el económico precio que pagaba mensualmente por su estancia. «O coste depende da renda, por suposto, polo que cada estudante atoparao axeitado ás súas necesidades», señala la joven.

Del otro lado de la balanza se encuentra, bajo un punto de vista que se adecúa al de otros estudiantes consultados, la gestión de la residencia. «Os problemas non se solucionaban dun xeito cómodo, se é que se solucionaban, e a interacción entre os alumnos e a dirección é bastante probre, ademais de que non se motivaba en absoluto a vida común dentro da propia residencia». Nota dificultades a la hora de atajar incidencias, «pois non envían persoal especializado externo, como pode ser un fontaneiro, senón que todo o intentan apañar cos profesionais que traballan no propio centro, e que teñen moi boa intención, pero ás veces non son capaces de amañar o problema por non seren especialistas».

Otro de los detalles a tener en cuenta es la disparidad entre las habitaciones. «Nos vídeos promocionais sempre saen as boas, pero hai de todo e algunhas chegan a ser bastante deficientes», indica Rivera. De esta manera, no existe una igualdad ni si siquiera entre las condiciones de todos los residentes, disponiendo unos de grandes ventanales o baños cómodos y modernos en sus habitaciones y otros de zulos sin luz y bañeras propias de Cuéntame. «Este tipo de cuartos, que acostuman a ser ben pequenos, están normalmente nos primeiros andares da residencia, que tamén son os máis vellos».

Inconvenientes asociados a esto que señala Rivera son la falta de privacidad y las situaciones tensas en cuanto a convivencia que se podían generar. Otro joven, antiguo residente y que prefiere no revelar su nombre, asegura que llegó a tener dificultades en la adaptación, pues vivir «cama con cama» con un extraño fue muy violento para él. «No solo eso, al estudiar yo en el campus norte y ser este centro el de referencia para el sur, muchas veces me vi fuera de los grupos de amigos y desplazado de la vida social, lo que me motivó a irme a un piso en mi segundo año de carrera al sentirme rodeado de extraños en lo que tendría que ser mi casa».

A mayores, otros problemas recurrentes que encuentran Claudia Rivera y sus compañeros se abren en un abanico de lo más variopinto: «Dende radiadores que se prenden e se apagan con arbitrariedade, pensando sempre en aforrar ao alongar o outono e a primavera, ata cuartos de ordenadores ou televisión nas que a meirande parte dos aparatos non encenden». Las salas de estudio también dejan que desear, pues al ser el edificio un centro compartido con departamentos de algunas facultades, sus alumnos colonizaban estos espacios en detrimento de los residentes sin ningún miramiento.

Ahora bien, ¿la realidad de Monte da Condesa cuadra con el Burgo das Nacións? Para Claudia Rivera no hay color: «A gran diferencia é que o Burgo ten unhas instalacións moito máis modernas, dende as habitacións ata as cociñas, e están, polo tanto, moito mellor preparadas para atender as necesidades dos residentes. Nesta mesma liña, o Burgo ten unha tecnoloxía moito máis avanzada, funcionando todo alí a través da tarxeta universitaria, o que facilita moito a vida dende detalles como o acceso aos interiores ou a simple identificación para calquera outro motivo. O outro gran salto entre unha residencia e a outra son os cuartos, ademais das zonas comúns, que teñen mobles moito máis novos e acostuman a ser individuais, non como no Monte da Condesa, que normalmente son dobres».

Una antigua residente de ese centro, la viguesa Estela Soto, gozaba también de los reducidos precios y de las instalaciones más modernas. Ahora bien, la joven licenciada en Enfermería destaca que el problema de la calefacción era el mismo que el de Monte da Condesa y añade otro, más relacionado con la convivencia. Al ser allí común la cocina y la nevera, «muchas veces se acumulaba auténtica mugre en los fregaderos o en los frigoríficos, cosa más bien de los residentes que de nadie más».

Los colegios mayores, como Fonseca o Cadarso, también pueden entrar en la misma ecuación que Monte da Condesa. No hace mucho los estudiantes lamentaron el mal estado de las instalaciones y la falta de libertad que sufren al hilo de la expulsión de dos compañeras por, presuntamente «dormir a veces con sus parejas», según dijeron ellas. Para la USC, ese comportamiento era cotidiano y violaba directamente las normas del centro.

Uxía y Alejandra fueron las dos jóvenes expulsadas del colegio mayor Fonseca en mayo.
Uxía y Alejandra fueron las dos jóvenes expulsadas del colegio mayor Fonseca en mayo. Xoán A. Soler

Residencias privadas

Las residencias privadas son, con diferencia, las que menos pegas acumulan en cuanto a instalaciones. Del otro lado, pueden llegar a pagarse cada mes más de 900 euros en algunas de ellas, un precio mensual al alcance de pocas familias y que deja estos centros para aquellos estamentos más adinerados de la sociedad de manera casi exclusiva. Las plazas reducidas de los centros públicos se agotan casi al instante, cosa que no sucede en los privados.

Juan es un antiguo habitante de una de ellas. Estudió Derecho, grado que hoy ya terminó, y guarda un muy buen recuerdo de su paso por la residencia. Él, no como otros, se adaptó a la perfección a las novatadas que en este tipo de centros ocurren de manera constante durante el primer cuatrimestre del curso sobre todo. Vendidas como tradiciones inamovibles, estos procesos muchas veces ocultan un trato vejatorio más que evidente al poner el foco sobre ellas.

A pesar de que estas prácticas no están impulsadas por las direcciones de los centros, en la práctica nadie las prohíbe. Las residencias privadas suelen estar manejadas por organizaciones vinculadas a la Iglesia, por ejemplo, habiendo también en Santiago de Compostela otras de índole militar que también hacen la vista gorda. Quien sí les pone freno, al menos desde este curso, es la Universidade. El nuevo decálogo de convivencia contempla incluso la expulsión de los estudios durante tres años a quienes realicen o comanden estas prácticas.

Pisos residencia

Es otra de las modalidades estrella, la más cómoda para muchos al integrar la libertad de una vivienda propia y las facilidades de una centro compartido, al menos en la teoría. Los pisos residencia se encuentran repartidos por toda la ciudad, aunque abundan en el Ensanche. Suelen ser propiedad de empresas o de particulares que acumulan estas viviendas y las alquilan incluyendo para los estudiantes servicios como limpieza o comedor.

Ahora bien, los precios que se pagan pueden resultar muy excesivos para muchas familias, pues a día de hoy pueden superarse los 700 euros al mes con facilidad. Una habitante de uno de estos pisos, que prefiere quedarse en el anonimato, es una alumna de segundo año de Trabajo Social que se mantendrá en su piso residencia para el curso que va a comenzar este septiembre. Bajo su criterio, la gran ventaja es poder disponer de las comidas incluidas en el precio final y también la limpieza. «A pesar de que el servicio de comidas y cenas se extiende a lo largo de toda la semana, los viernes ya no se ofrece cena ni hay ningún servicio los sábados ni los domingos, por lo que tenemos que cocinar al menos esos días», indica la joven.

A pesar de esto, la relación entre calidad y precio puede estar en entredicho para muchas familias. «Este año me parece que me van a subir a 730 euros», indica la alumna de la USC, pero subraya que toda la comida es casera y abundante y que eso se nota mucho. Dentro de ese dinero también se incluyen los muebles, la compra básica que el personal se encarga de hacer y la limpieza diaria de las zonas comunes de la propia vivienda, «con opción a que se limpie también la habitación, aunque eso es algo que se puede indicar en el propio momento de la limpieza o dejando un cartel». 

A pesar de estas ventajas, por supuesto que la intimidad se ve en jaque. «Yo me iré a un piso el año que viene, a pesar de que este me mantenga en el piso residencia», señala la joven, motivada sobre todo por el dinero que se paga cada mes y por la posibilidad de tener que vivir con desconocidos, pues los moradores de cada vivienda los selecciona el propietario de la empresa o de los pisos. Del mismo modo, si existen problemas de convivencia, el dueño o responsable es el encargado de mediar entre las partes.

Ya se han hecho habituales las imágenes de estudiantes haciendo cola ante las inmobiliarias para hacerse con un piso en alquiler.
Ya se han hecho habituales las imágenes de estudiantes haciendo cola ante las inmobiliarias para hacerse con un piso en alquiler. PACO RODRÍGUEZ

Visto el papel protagonista que toma en muchas ocasiones el casero, es importante saber quién está detrás de estos pisos residencia. «Durante mi estancia en uno de estos pisos residencia, donde viví dos años, pude presenciar tratos bastante abusivos por parte de la casera hacia sus trabajadoras de limpieza, por ejemplo», señala una antigua inquilina de una vivienda que se regía con este formato, que hoy ya ha terminado su grado y se enfrenta lejos de Santiago a un máster. Prefiere mantenerse anónima, «pues el servicio bien, pero las escenas a veces eran un poco dantescas y prefiero no tener que vincularme de nuevo con todo aquello».

Señala la joven, que no es la primera que habla dentro de este apéndice de los pisos residencia, que los precios que se pagaban por las viviendas eran muy exagerados, careciendo muchas de las «económicas» de una ventilación adecuada o de reformas más que necesarias. Por estos inmuebles en dudoso estado cada una de las compañeras podía rondar los 650 euros mensuales, «reservándose los pisos buenos para aquellas que podían pagar más de 800 euros cada mes, que en el nuestro saltaban los plomos de la poca energía que tenía contratada la dueña cada vez que queríamos usar la lavadora y encender una lámpara a la vez». Parte de esos pagos, además, se realizaba en b, por lo que cuentan esta chica y sus compañeras de la época en aquel piso.

«Se trataba mucho mejor a las que más pagasen más hasta el punto de que los propietarios las llevaban, por ejemplo, al médico o servicios así, cuando a las demás se nos miraba siempre por encima del hombro». Además, el control que ejercía sobre sus inquilinas (no permitía hombres en sus pisos ni como visita) era «muy exagerado, mucho más de lo que se presenta al firmar el contrato», entrometiéndose la propietaria en quién podía o no podía siquiera subir al piso. La falta de libertad era evidente y ese fue también uno de los grandes motivos que hizo a esta joven mudarse a una vivienda independiente.