Ni rastro de la langosta, icono de las Rías Baixas

Alejandra Pascual Santiago
alejandra pascual VIGO / LA VOZ

VIGO

El investigador submarino belga Robert Sténuit posa con dos langostas en la ría de Vigo. En la década de los 50, realizó varias expediciones en esta costa para topar un galeón hundido en la Batalla de Rande.
El investigador submarino belga Robert Sténuit posa con dos langostas en la ría de Vigo. En la década de los 50, realizó varias expediciones en esta costa para topar un galeón hundido en la Batalla de Rande. Cedida por la familia de Robert Sténuit

El sector pesquero vivía descargas de entre 2.000 y 5.000 kilos por semana en algunas lonjas durante los años sesenta y setenta. En lo que va de siglo, las ventas son casi inexistentes. Un trabajo del videógrafo José Irisarri propone la creación de un área protegida en las Cíes para favorecer su ecosistema

30 jun 2024 . Actualizado a las 16:42 h.

Las langostas emiten un sonido muy característico, difícil de deletrear, pero en todo caso chirriante. Se genera cuando el animal frota una extensión de sus antenas contra una especie de lima situada bajo sus ojos. Causan bastante ruido y lo hacen para comunicarse o disuadir a sus depredadores, según un estudio publicado en Scientific Reports, que descubre que, bajo el agua, sus murmullos pueden sentirse a tres kilómetros de distancia. Los más veteranos del sector pesquero en las Rías Baixas conocen de sobra este crujido agudo, pero a modo de recuerdo.

Hubo un tiempo, en las décadas de los sesenta y los setenta, en que las descargas de langosta eran tan abundantes «que no se escuchaban a los lonjeros por el ruido que hacían», rememora Francisco Pérez, patrón mayor durante quince años de la Cofradía de A Guarda, probablemente el municipio del litoral atlántico peninsular con mayor arraigo de la deseada especie Palinurus elephas. De hecho, en O Baixo Miño las apellidaban «cantarinas»; toda una institución. El fundador del acuario de O Grove, Alfredo Fernández, guarda el mismo sonido en la memoria. «Cri, cri, cri», trata de describir. Tenía quince años cuando comenzaba su trayectoria profesional en el mercado grovense y tiene consciencia del volumen de actividad que representaba este recurso: «Teníamos que hablar a gritos. Pero fue hace muchos años... Acabamos con ella».

Las estadísticas oficiales que elabora la Xunta de Galicia sobre la evolución de las especies que se descargan en las lonjas gallegas son a partir de 1997. Entonces, la langosta en esta costa ya presentaba signos de agotamiento. Hay que remontarse unas décadas antes para conocer el auténtico apogeo de este recurso. Pósitos como el de A Guarda y O Grove tampoco tienen localizados los documentos escritos a mano sobre capturas y ventas, pero sí existen papeles oficiales que han ido rescatando con motivo de fiestas populares e iniciativas sociales.

En A Guarda, a comienzos del siglo XX, se fue aprobando la construcción de cuatro cetáreas para las cantarinas: Redonda, A Grelo, Portiño y Altiña, todas de grandes capacidades para dar cabida a un recurso en crecimiento. Marineros jubilados como el ex patrón mayor Francisco Pérez recuerdan «entre 2.000 y 5.000 kilos descargados en A Guarda cada semana durante las campañas en los años setenta» gracias a una flota conformada por cuarenta barcos como Monchito o Dorada. También en O Grove, Alfredo Fernández recuerda «cincuenta kilos vendidos por barco en cada marea (de tres a cuatro días)». Se trataba del excedente que llegaba hasta la ría de Arousa después de que embarcaciones como el Nolito o el Pionero vendiesen parte de sus capturas en Baiona y Vigo en su regreso a casa. En aquella época se había puesto de moda el consumo de marisco como símbolo de estatus y el transporte se volvió más sofisticado, enviando cajas de producto fresco a todo el territorio nacional.

Un documento de la Marina Mercante de 1965 refleja que entonces el kilo se vendía a 290 pesetas. Apenas doce años después, en la entrada en la década de los ochenta, su valor se había multiplicado por seis, llegándose a pagar 1.850 pesetas por kilo.

Imagen aérea de la cetárea Redonda de A Guarda, la última que se mantuvo en activo.
Imagen aérea de la cetárea Redonda de A Guarda, la última que se mantuvo en activo. J.I.

Siglo XXI

Hoy en día, la situación es muy distinta. Las estadísticas de Pesca de Galicia no reflejan datos de descarga de langosta a lo largo de todo el siglo XXI. Recogen años puntuales, pero en todo caso sirven para reflejar el colapso que ha sufrido esta especie en la costa gallega y portuguesa, donde también faenaban.

En el año 2005, en A Guarda se descargaron 495 kilos que reportaron cerca de 25.000 euros de negocio. A partir del 2016, la imagen es aciaga. Ni siquiera se llega al kilo descargado, salvo en el 2023. La situación en Cangas o Baiona es parecidísima, con los registros desplomados. Tan solo en la lonja viguesa de O Berbés hay señales de actividad en los últimos años, pero aquí, claro, descarga la flota que regresa de mares foráneos.

La langosta de la costa gallega tarda cinco años en alcanzar el tamaño y peso mínimo comercial (23 centímetros y un kilo). Es un tiempo considerable. Por su lenta reproducción, existía más demanda que oferta a finales del siglo pasado, cuando este animal se consagró como objeto de deseo de la gastronomía gallega.

El videógrafo submarino José Irisarri acaba de publicar un vídeo en el que advierte sobre el declive de esta icónica especie en las Rías Baixas. En el mismo, se apunta a la sobrepresca como el motivo que ha provocado esta situación. Veteranos marineros como Francisco Pérez y Alfredo Fernández también lo sostienen, pero precisan el contexto. En las décadas de los sesenta y setenta no existían planes de explotación y la costa estaba exenta de vigilancia. Galicia clamó por su autonomía en 1978 y la Consellería de Pesca nació en 1982 con competencias como el control de recursos. «No se pescaba con afán de lucro, sino para comer».

Grupo de buzos de la expedición de Robert Sténuit y Potter para buscar el galeón hundido.
Grupo de buzos de la expedición de Robert Sténuit y Potter para buscar el galeón hundido. C

Robert Sténuit no encontró el galeón, pero sí una «biodiversidad exuberante» en las Cíes

El nuevo vídeo de José Irisarri, titulado Islas Cíes: biodiversidad amenazada, recuerda la épica del investigador submarino belga Robert Sténuit, que arribó a la ría de Vigo en la década de los cincuenta del siglo pasado para encontrar el Santo Cristo de Maracaibo, el mítico galeón hundido en la Batalla de Rande, en una expedición capitaneada por John Potter. En sus miles de horas de inmersión, «no hallaron ni oro ni plata, pero sí encontraron una biodiversidad exuberante, una explosión de vida bajo el mar», explica el filme publicado en YouTube.

En su obra Tesoros y galeones hundidos, Sténuit describe un encuentro con una langosta mientras trabajaba bajo aguas de las islas Cíes, el espacio natural más protegido de toda Galicia en la actualidad. Tras bucear el arrecife La Cruz de Almena, escribe lo siguiente: «De una hendidura rocosa, salen dos largas antenas divergentes: una enorme langosta me observa con sus ojos negros montados sobre tallos. La recojo al pasar y la pongo bajo mi brazo. Su furioso rechinamiento de grillo me recordará que no tengo que mover el brazo». A lo largo de las páginas, el investigador submarino belga acredita la presencia de la especie en el hoy parque nacional, así como su abundancia y tamaño.

Sténuit sí pudo ver y fotografiar langostas, pero José Irisarri ya no. «Yo nací el mismo año que Robert y sus compañeros estaban buscando los galeones hundidos, en 1957, y llevo toda mi vida buscando imágenes de langostas en las Cíes, sin conseguirlo», explica el vigués en su vídeo más reciente. «He buceado muchísimas veces en los mismos arrecifes que ellos estuvieron explorando, pero nunca he visto una langosta. Mi generación llegó demasiado tarde», lamenta. El agotamiento de esta especie es una lección histórica de calado.

Un caso similar es el del vigués Fernando Febrero y su padre Alejandro, histórico deportista gallego por participar como nadador en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948. En esta ciudad, Febrero trabajó como soldador submarino en los astilleros, de ahí la pasión de su hijo por los fondos submarinos, aunque en su caso como ocio. Fernando recuerda que su padre le contó «en alguna ocasión» que se había topado con langostas durante sus inmersiones en la ría de Vigo. «Sería en la época de los setenta», rememora al tiempo que precisa que no ocurrió muchas veces. El hijo, tras varias décadas buceando por esta costa, no ha logrado verlas.

En O Grove, el exbiólogo de la cofradía Jesús Otero dice que su abuelo se dedicaba a pescarlas y pudo llevar a casa buenos ejemplares. El nieto también practica buceo y no ha llegado a verlas.

Francisco Pérez, expatrón mayor de A Guarda.
Francisco Pérez, expatrón mayor de A Guarda. M.A.

«A Guarda no quería dejar de pescarla, así que fueron a Marruecos»

Cuenta Francisco Iglesias, ex patrón mayor de la Cofradía de O Grove, que la última vez que vio con sus propios ojos una langosta fue en el verano del 2017, antes de jubilarse. «Fue al oeste de Ons y pesaba cerca de dos kilos», recuerda sobre el hecho singular. Paco apencó durante años al frente de la organización, con gran proyección a nivel nacional por la calidad de sus mariscos. Cuando él tomó el mando del pósito de pescadores de San Martiño, la langosta languidecía, pero es consciente de la importancia que supuso para los que trabajaron el mar antes que él.

La langosta es un ser migratorio, que se desplaza por el océano sin necesidad de DNI ni pasaporte. Cuando los langosteiros de O Grove detectaron que el producto escaseaba en su costa, decidieron ir más allá de la isla de Ons y seguirla hacia el sur de Galicia, hasta A Guarda. Ocurrió a finales de los setenta. Iglesias dice que aquella flota descargaba kilos y kilos en la lonja situada a las puertas de la ría de Arousa. Al margen de esta especie, también recuerda cómo se partieron el lomo para convencer a sucesivos directores generales de Pesca sobre la necesidad de ir introduciendo artes de captura más eficientes.

El homólogo de Iglesias en A Guarda, Francisco Pérez, va un poco más allá. El ex patrón mayor miñoto explica que la flota guardesa, en la década de los ochenta, persiguió al recurso primero por la costa portuguesa y más tarde fueron a por ella hasta Marruecos. «Al ir a menos en esta zona hubo que buscar otros medios, porque tampoco el pueblo quería dejar de ir a la langosta», señala. Era la especialidad de la flota local, junto con la merluza, así que apostaron por desplazarse hasta el norte de África, donde estuvieron trabajando entre diez y doce años.

A Guarda lleva más de treinta años celebrando la Festa da Langosta.
A Guarda lleva más de treinta años celebrando la Festa da Langosta. Oscar Vázquez

Francisco Pérez precisa las artes de pesca que empleaban. Eran los franceses los que usaban con nasas, «pero en A Guarda han trabajado siempre con miño porque era más eficiente». Se valían de un jurel como cebo. En los setenta, «la gente no era consciente de que el mar no es inagotable y las capturas fueron a menos y a menos». «Seguro que si hoy en día existiese langosta, la flota tendría más cuidado por su conservación», confía Pérez tomando en consideración la vigilancia actual y que el sector no repetiría errores del pasado. «Los tiempos han cambiado total. Antes la vida era muy dura». La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha acabado catalogando la especie que habita desde Noruega hasta Mauritania como «vulnerable».

El ex patrón guardés indica que la langosta que trabaja hoy en día su localidad y buena parte del litoral gallego es de importación. A finales de la década de los setenta clausuraron la última cetárea que seguía en activo, que era la Redonda. Desde entonces, no ha salido adelante ningún proyecto para dar una nueva vida a estas instalaciones naturales. Francisco Pérez recuerda, en este sentido, que el propietario de un vivero en A Guarda propuso a la Consellería de Pesca un proyecto para revitalizar una de ellas, trayendo langostas de otras geografías para tratar de recuperar la especie en esta esquina sur de Galicia. La Xunta se opuso, aconsejada por un grupo de científicos que advirtieron que podrían ser invasoras con los ecosistemas autóctonos. «Pero yo creo que simplemente no le dieron mayor importancia», sostiene.

Hoy en día

En la actualidad, los pescadores de A Guarda siguen calando nasas, artes y miños, pero las capturas de langosta son casi inexistentes. Aparecen a cuentagotas, «diez o doce durante todos los meses en que está la veda abierta». Ahora son solo golpes de suerte.

Oscar Vázquez

Un vídeo aboga por crear un área protegida como en Columbretes

Con la publicación de un nuevo vídeo, el buceador José Irisarri aborda la posibilidad de crear un área marina protegida en la ría de Vigo para recuperar la langosta, «como se ha hecho con éxito en las islas Columbretes desde 1990», un espacio convertido en reserva natural en mitad del mar Mediterráneo, frente a la costa de Valencia. El autor de Islas Cíes: biodiversidad amenazada considera que el momento actual, en pleno ecuador del plan rector de usos y gestión del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas (el documento se revisará en el 2029), podría ser un buen momento para plantear este refugio protegido.

Con su último trabajo audiovisual, Irisarri trata de concienciar sobre «la fragilidad de la biodiversidad marina ante la sobrepesca». «De nosotros depende que esto no vuelva a producirse con otras especies de crustáceos como el buey de mar, el bogavante, el santiaguiño, o peces como la morena, el san martiño u otras especies como las anémonas, que muestran un acusado declive en las últimas décadas», advierte. El fundador del acuario de O Grove, Alfredo Fernández, confía en que la langosta se recupere en el litoral atlántico gallego y expresa sus deseos, pero es consciente de que es una tarea muy ambiciosa.

«El éxito de algunas reservas marinas en España, como las de las islas Columbretes, Cabrera, Medas o Cabo de Palos son buenas referencias que nos marcan el rumbo que deberíamos seguir en las islas Cíes», explica el vídeo publicado en Youtube. Después de tomar severas medidas, el espacio natural de Columbretes ha dado resultados muy positivos, según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Allí depositaron hace años langostas rojas, que son las de mayor interés comercial en aguas europeas, «alcanzando precios de 60 euros por kilo». «Tras siete años de protección, la abundancia de la especie en la reserva marina es entre cinco y veinte veces superior a la abundancia en caladeros cercanos, según la zona y la época del año», explican desde el Ministerio. Además, han corroborado que la abundancia de estos animales en los caladeros explotados «presenta valores máximos al final del periodo de veda, confirmando la eficacia de los cierres temporales», explican desde el Instituto Español de Oceanografía (IEO).

Otro efecto que han plasmado es el efecto irradiación tras la protección de la reserva de Columbretes. Hay individuos que salen de la zona conservada y así abastecen a la pesquería adyacente. Además, indica el IEO, «las poblaciones marinas no explotadas se caracterizan no solo por su mayor abundancia, sino también por el mayor número de reproductores». En este sentido, han calculado que el potencial reproductivo de las especies protegidas ha aumentado entre seis y veinte veces.

En Galicia

El ex patrón mayor de O Grove, Francisco Iglesias, conoce las medidas que podrían tomarse para recuperar la langosta o, sencillamente, evitar el colapso de otras especies emblemáticas en las Rías Baixas. Pero defiende que todas las decisiones deben tomarse de forma consensuada con el sector pesquero, «ya que será el más afectado». Considera que, en caso de limitar las zonas de pesca o extender los períodos de veda, los marineros deberían ser tenidos en cuenta e indemnizados debidamente.